Caminata El Carmen de Viboral - El Santuario - Marinilla
Asistentes: Luis Fernando Zuluaga Zuluaga, Juan Fernando Echeverri Calle y Jorge Iván Londoño Maya.
Duración: 6 horas
Nombre: Trinar de los trinares
Para Bogotá pasando por Honda
Ibagué, salimos en media horita
Cali, Cali, Cali
¿Para donde viajan los señores?
Guarne, suba, suba
Rionegro por la autopista
Allá los caminantes, ¿van para el Peñol?
San Vicente, San Vicente, paga cuando llegue
Así, más o menos, es el recibimiento que nos dan los pregoneros de las flotas en la Terminal de Transportes del Norte, a la que muy cumplidos llegamos Juanfer y el suscrito cogidos de la mano de nuestros cayados, luego de hacer el primer recorrido en nuestro metro.
Apoltronados en las rimax color azul, como si se tratara de un aeropuerto internacional, nos dimos a la tarea de esperar a Luisfer, a quien, por segunda vez, lo privamos de llegar primero, porque para puntual no hay quien le gane.
Con la tropa completa, excepto el polaroid Olaya, quien nuevamente por asuntos laborales no nos pudo acompañar, lo que le significará un llamado de atención con copia a su hoja de vida andariega, procedimos a la compra de los tiquetes en la flota El Carmen, atendida por una seria pero eficiente secretaria. Olvidaba mencionar la ausencia de Gloria Gutierrez, la queridura vestida de cachucha y Pacho Montoya, nuestro teólogo de cabecera.
De la flota pasamos al mostrador de nuestro acostumbrado quiosquito para quedar en manos de Leydi, quien con su acostumbrada amabilidad nos empecató de cafecito en leche cuñado con empanadotas o buñuelotes, ambos con 120 de cintura, está vez si enteros porque andábamos platudos de tiempo. Eso si, no falto la queja de Leydi: “Eavemaría muchachos, ustedes que nunca me traen nada”; si supiera que no es solamente a ella, por que quien se va a encartar con 3 pares de panela, 2 kilos de papa criolla, un atao de cebolla junca, 3 cidras de las que encontramos caídas por ahí, un kilo de moras de castilla y un paquete de arepas de chócolo, para caminar 6 o 7 horas; ni el profesor Moncayo que llevaba 40 asistentes.
A las 7 y 30 arrancamos en una buseta, que mas parecía la de un colegio de monjas que de flota intermunicipal. La mañana estaba fría y nostálgica, para no decir que gris oscuro, pero así también nos sirve; eso si, mientras no llueva. La hora y media del viaje la invertimos en oírle a Luisfer todos los detalles de su viaje a Carpurganá con su esposa Carmenza, realizado durante el pasado puente de la raza, como parte de las celebraciones por el cumpleaños número sesenta del joven Zuluaga y Zuluaga


A las 9 y 40 firmamos el acta de despedida del Carmen, buscando por entre sus estrechas calles llenas de comercio y de ese exclusivo ambiente pueblerino, la salida para el Santuario, la cual se hace por la cárcel, en la que no entra el delito sino el hombre, según reza en el letrero puesto a la entrada. En los primeros metros recorridos supimos que el barro sería nuestro fiel compañero, por lo que doblamos hacia arriba las botas de los pantalones para evitar el regaño reforzado en nuestras casas, es mejor el sencillo.
Aunque el firmamento seguía con nubarrones, ahora si muy negros y asustadores, íbamos tranquilos porque llevábamos embolsillado el compromiso social de buen clima firmado ante notario por nuestra patrona La Milagrosa, documento muy común por estos días preelectorales para engañar incautos, o pendejos para ser mas claros. Obviamente, y como la Milagrosa poco sabe del estado del tiempo, estábamos dispuestos a perdonarle cualquier imprecisión meteorológica, lo que no hacemos con Máx Henríquez y su eterna “probabilidad de lluvias”.

La bienvenida a un cultivo de arveja, nos la dio una mirla hembra muy bien acomodada en uno de los estacones que sirven de soporte a la enredadera. Muy coqueta ella espero que le admiráramos su plumaje color café que le sale perfectamente con el anaranjado de su pico, patas y ojos. De inmediato Juanfer improvisó una conferencia sobre ornitología para explicarnos que la mirla macho se distingue porque su plumaje es de color negro. Con el vuelo de la mirla nos pusimos a “rajar” del pájaro gulungo o boyero (o será bollero) muy de moda la semana pasada en nuestros teclados, para llegar a la Santa Teresita del Niño Jesús conclusión (por lo humilde) de que los Todo Terreno estamos en lo cierto, el gulugo es el gulungo, negro azabache él, de buen tamaño, con pico, patas y la parte inferior de las alas de color anaranjado fuerte y que cuelga de las ramas de los árboles sus nidos que los hace en forma de jíquera. ¡ah! y emite un asustador sonido que ni mandado a hacer para cualquier película de Alfred Hitchcock
Respecto a nuestra fluida conversación, en la que hablamos de lo humano y lo divino, menos de fútbol y de política (también creen) dejando para la próxima caminata los temas que no tocamos por falta de tiempo, le dedicamos buenos minutos a comentar el espectáculo “Que Dios nos Ampare” con la soberbia actuación de esa gran imitadora Luz Amparo Álvarez, llegando a la conclusión que el nombre correcto debería ser: “Que de Amparo, Dios no nos ampare”. Ya ustedes se imaginarán porqué.
Pero dejemos esas piernas atrás y volvamos al camino, empantanado y todo. Que alegría, de verdad, ver el resurgimiento de esta vía, que hace 5 años o más fue escenario de una violencia brutal, cementerio sin muros de cadáveres de campesinos que aparecían tirados en sus veras, paisaje desolado de tierras abandonadas, casas cerradas y personas desplazadas.

A mitad del camino llegamos a la tienda de siempre, atendida por su amable y agraciada propietaria quien de inmediato nos reconoce y saluda efusivamente. Unas empanaditas con gaseosa no caen mal y menos al lado de un afiche con tremenda modelo. Con despedida de mano y todo, y piropos disimulados, seguimos el camino, con tramos a veces secos y otros empantanados. Aunque los negros nubarrones se disiparon, las nubes grises que todo lo cubrían nos mataban el ojo anunciando que pronto dejarían caer su precioso líquido sobre nuestra humanidad. Y dicho y hecho, una llovizna “moja bobos y caminantes avispa´os” se nos unió casi hasta el final de la caminata, lo que nos obligó a sacar nuestras capas plásticas para quedar disfrazados de soldados centinelas.
Cuando llevábamos media cuadra de goteras entre pecho y espalda, Juanfer gritó: “hijuemadre, dejé mi sombrero en la tienda” y claro, ahí mismo le seguimos el cuento: “como así, no fregues, y con lo retirado que estamos, quien se devuelve”, ¡eh hombre, con lo bacano que era mi sombrero!, hasta tenía pegado el escudo de Colombia, ¡que vaina! Luego de unos minutos de silencio martirizador, Luisfer sacó el sombrero el cual fue recibido por Juanfer con una amplia sonrisa, acompañado de las explicaciones del caso: ¡cual tienda!, si lo dejaste abandonado en el restaurante del Carmen.
A unos 3 kilómetros del Santuario paramos en un quiosco tipo tienda muy cerca de la escuela rural, atendida por una señora acompañada de su hija de 9 años, dotada con unos preciosos ojos verdes, como los de la mayoría de los niños de estas tierras. Allí saboreamos, entre otros, el famoso rollo de tienda, uno de los manjares más apetecidos de la repostería paisa. Además de detallar la mercancía, muy surtida por cierto, entre la que se destacaba el otrora famoso “pan rey”. Juanfer le dio sus infaltables consejos a la niña, para que fuera una buena hija y estudiante y que nada de novios hasta cuando terminara la universidad. Hasta en eso nos distinguimos los Todo Terreno, y espere que Pacho comience en forma sus caminatas para que vea la labor que puede hacer.
La escuela cerca de la tienda, esta conformada por un edificio de 3 pisos, con cancha de fútbol, básquetbol, juegos y un amplio patio para los recreos. Es decir, los niños y los muchachos del campo tampoco se están muriendo de ignorancia.
A las 12 del día, y teniendo como telón de fondo al Santuario, el imperio de los Zuluaga, condenados a ser los últimos, pero en el directorio telefónico, rezamos a viva voz el Ángelus, infaltable en nuestras caminatas. Tres cuadras más y estábamos sobre la autopista Medellín – Bogotá, en toda la entrada del pueblo.
Allí arrimamos a un cambiadero de llantas para preguntar por donde empalmábamos con la carretera vieja para Marinilla, por lo que alguien de los presentes nos dijo que por la vereda Vargas, a lo que Luisfer respondió: tranquilos muchachos que yo se donde queda, por lo que el parroquiano le pregunto:
¿Y usted por que la conoce?
Es que yo soy de aquí,
¿Cómo así, y usted que apellido es pues?
Pues Zuluaga Zuluaga.
Oigan, ¿de cuales Zuluaga?
Mis abuelos fueron Francisco Zuluaga Aristizabal y Julia Zuluaga Zuluaga
¡Vea pues! si esos son los mismos mios,
uuummmm, ¿entonces vos sos hijo de quien?
Pues de fulano y fulana,
No me digas, entonces vos sos primo hermano mió, dijo Luisfer.
Efectivamente, Francisco y Hernan Zuluaga, dos hermanos que estaban en el negocio, del cual eran sus propietarios, resultaron ser primos hermanos de Luisfer, y después de muchos, pero muchos años, se volvieron a reencontrar. Lo que son las cosas del destino.



Por información que nos dio un taxista al llegar a una ye, volvimos a salir a la autopista. Allí encontramos un negocito de frutas, por lo que aprovechamos para comernos unas mandarinas. En ese punto, y de acuerdo con el estimativo que nos dijo el frutero, estábamos a 40 minutos de Marinilla. Así que por plena autopista y codo a codo con las tractomulas, camiones, los enormes buses de expreso Bolivariano, los carros particulares y una que otra moto, llegamos a Marinilla a las 2,05 minutos, o sea los 40 minutos exactos que nos dijo el señor de las mandarinas, convirtiéndose en la primera persona que nos da el tiempo correcto de recorrido entre dos lugares. Alguna vez se lo reconoceremos, así sea comprándole todas las frutas.


La buseta para Medellín partió con cupo completo y muy bien analizado por el lobato, por aquello del atraco que nos toco vivir, en carne propia y revolver ajeno, hace como 3 meses en el mismo recorrido. Juanfer y Luisfer iban juntos, conversando y mirando la prensa, principalmente la columna de nuestro contertulio Raúl Tamayo, que en esta oportunidad, y gracias a Chuchito bendito, si paso la crítica que le da Juanfer todos los sábados. A mi me toco de vecina una enfermera que trabaja en la clínica del Prado, por lo que me puse al día en todo lo relacionado con partos normales, prematuros, abortos autorizados y cesáreas, llegando a la conclusión que en la actualidad lo que más se demora de un parto es liquidar la cuenta de la clínica. Que tiempos aquellos con dietas de 40 días y 40 gallinas
En el último trayecto por la feria de ganados, Juanfer colgó los párpados y se quedó dormido, menos mal que no maneja. De la buseta pasamos al metro el cual cogimos en la estación Universidad, no sin antes ver los adelantos en las obras del parque Explora y el jardín Botánico, mientras nos deleitábamos con un delicioso guanabanol, es decir, haga de cuenta que estábamos en un elegante coctel citadino.
Cuando me bajé en la estación Estadio comencé a oír los pitos y la algarabía de una caravana de automóviles que bajaba por la canalización apoyando a nuestro candidato Alonso Salazar para la alcaldía de Medellín, por lo que saludándolos pensé: ¡no importa que termine con las plantas de los pies en bajo, pero con la frente en alto¡
Hasta la próxima
Jorge Iván Londoño Maya