De paseo por el río Medellín en el alto de San Miguel

Río Medellín

Cuando nace en el alto de San Miguel
Tiene vida y olor ha recién nacido
Pero abajo en el Aburra aquel
Viene viejo y con olor a recién “morido”.

Faltaron dos meses para completar los cinco años sin caminar por la extensa rivera del río Medellín. Caminata que tuvo como punto de partida la vereda la Clara y luego de tres horas de recreo y maromas hacer la “U” en la entrada al refugio de propiedad y administrado por las EPM. La asistencia de Juanfer a una boda nos privó de volver a tener el quórum completo, propósito que viene siendo esquivo casi en la totalidad de lo que va del año. Pero vendrán sábados mejores.

Las siete horas de esa soleada mañana sabatina, para mas señas del 24 de julio de 2010, marcaron el punto de encuentro en la estación Itagüí del metro. El infaltable tinto le dio sabor y aroma al encuentro casi instantáneo de Josema, Luisfer, Olayita y el sustecliante. Entre sorbo y sorbo miramos el resultado de la lotería de Medellín, 705, es decir, por nada el gurú Lobato vuelve millonarios a sus compadres caminantes, porque el viernes le había soplado, al mejor estilo del hermano piter, el 735, por lo que Josema, con poético acento recitó: “aleguen para que se los paguen”. Así que con los mismo reales en el bolsillo nos acomodamos en una de las interminables busetas de Caldas para coger rumbo a Primavera, en un viaje dobletiado de conversa y mujeres hermosas.


En primavera, fin del tiquete integrado, tomamos por la carretera hacia el alto de Minas, siempre de la mano del morro Gil con su forma de “conodepasas” y del alto de San Miguel, el Luz Castro de Gutierrez del rió Medellín, vista enmarcada por un esplendoroso día, escaso por estos días, pero no raro para los Todo Terreno, acostumbrados a estas ñapas de nuestra patrona.


En menos de un kilómetro llegamos a un habitual parador de tractomulas y camiones, el cual incluye estación de gasolina, restaurantes y puesto de control de algunas empresas transportadoras. Y Claro, allí estaba esperándome con las farolas bien abiertas y la visera parada cual copete de Elvis Presley, una hermosa tractomula de amarillo vestida, encuentro obligado para foto y video.


Sentados a tablas dimos buena cuenta de un suculento desayuno, donde el chorizo y el quesito se llevaron las palmas. Por ahí (término plagiado a algunos futbolistas) el Lobato se salió de la fila y pidió carnita de cerdo cuñada con arepa talla eme y porción de arroz recién secado; lástima que los frisoles los “alzaron” tarde, o sino un cucharonado de los mismo habría hecho el cuarto, ideal para cuidar la dieta, cuya intención siempre comienzo el primero de enero de cada año. Las amables señoras que atienden el entable nos despidieron con un “Bueno muchachos, por aquí los esperamos para el almuerzo, les tenemos mondongo o bandejitas con todo y que Dios los cuide”


Ahora si, “hágale”, palabra de combate de Olayita. Otro poquitico más de carretera y llegamos a las instalaciones del SENA, en donde nos adentramos oriente arriba rumbo a la vereda La Clara.



Un alto puente nos da la bienvenida a la vereda. Por debajo pasa con buen caudal el rio Medellín, que allí lleva la encima de las aguas de las quebradas La Clara y La Mina, en este sitio aún va cristalino, pero ya se le nota alguna contaminación fruto de su pasada por la vereda y por los balnearios que allí se encuentran y que convierten a este lugar una zona muy apetecida para los paseos. Eso si, los domingos de verano ni se asome porque no hay lugar en donde apagar una colilla. Queda advertida Elbacé. La zona tiene una plácida frescura, gracias a los enormes árboles que le hacen calle de honor a la vía que en este sitio se encuentra pavimentada aunque en regular estado.


Dejamos atrás los estaderos, la vereda con su caseta y su cancha, algunas casas de recreo, el sitio tres aguas, en donde confluyen las tres quebradas y la vía pavimentada y nos metemos en un camino destapado, siempre bordeando el río, que se convierte en fiel compañero de principio a fin con el encanto de su sinfonía, con las caprichosas formas de su cause, su fresca agua cristalina y las varias caídas que convierten el sitio en una mini maqueta de las de Iguazú


Al poco rato se acaba el camino destapado y comienza la trocha, la cual en algunos tramos queda suspendida en el talud que le da forma a la rivera del río, y es allí donde comienzan los dolorosos para el Lobato, quien con la ayuda manual y verbal de todos va sorteando los tres o cuatro pasos súper complicados,


propios para malabaristas de circo o para escueleros sangre fría como Olayita, Luisfer y Josema quienes de un salto y muertos de la risa sortean éstos y otros pasitos malucos que a veces nos encontramos. A propósito, recuerdo la tenebrosa pasada por el viaducto del tren en cercanías a Palomos. Obviamente las cámaras de Josema y Olaya no se pierden pasadas del Lobato por lo que quedé más filmado que la Jolie


Este recorrido se caracteriza por las sorpresas que nos brinda el entorno, con unos paisajes como traídos de Suiza, unos bosques repletos de enormes árboles, extensos pinares de ejemplares renovados bajo la tutela de las EPM, cristalinas aguas que bajan por las laderas para aportar su granito de H2O al caudal del rio, el cual, si supiera lo que le espera a su paso por el valle de Aburrá hacía un alto en el camino y lo pensaba dos veces antes de seguir.


El jugo de carambolo bien helado hace su aparición para calmar la sed producida por los rayos de sol que cercanos al medio día aumentan su temperatura. Naranjas ombligonas como pregón de Colombiamoda y granadillas urraeñas hacen parte de la dieta, amén de las moras silvestres mas grandes y sabrosas que hemos comido hasta el momento y de las frambuesas que en buena cantidad habitan por algunos sectores.

A mitad del trayecto nos encontramos una convención lechera de vacas muy orondas, todas echadas y mascando hiervalife, por lo que Josema nos advierte, “hagan de cuenta que las conocen y no las miren a los ojos” advertencia que ejecutamos al pata de la letra y que permitió que las cachonas de turno no nos pararan ni ubres. Si ven…de todo se aprende en estas caminatas de mi Dios.


Once y media del día y llegamos a la portada del refugio ubicado el otro lado del rio, por lo que hay que pasar un angosto puente colgante con peso restringido, por lo que era mejor pasar de a uno para no contaminar el río con la venida debajo de sudorosos caminantes. En este sitio Josema sacó su rastreador satelital para buscar la ubicación y otros datos de interés, pero debido a la falta de señal solamente pudimos saber que estábamos a 2.040 metros sobre el nivel del mar y a 14 días de la despedida de Uribe. Ssnifff.

Como la intención era llegar lo más arriba posible, logrando el solecito, continuamos el recorrido, el cual, a partir de este sitio, se hace por el lecho de la quebrada, pero debido a los últimos aguaceros el caudal venía con el Jaramillo afuera, lo que nos obligaba a descalzarnos o usar botas rioneras que obviamente no llevábamos, así que optamos por hacer la “U” y a devolverse, aarrr.


Ya se imaginarán que me pasó por la mente en ese momento; pero ya ve, de bajada aquellos “pasitos” no estuvieron tan complicados. En la “devolvida” observamos varios de los sitios para acampar, uno de ellos hasta con estufa hecha con piedras, para cuatro puestos y horno para hacer palitos…de queso.



Ya en predios de la vereda, aprovechamos para que Zuluaga & Cia se echaran una “Paisa al aire”, aprovechando el cambio de etiquetas por la Feria de las Flores, acompañada de una picada de chitos, infaltable en estas lides, y como aperitivo al sentenciado mondongo. Al paso por el puente, tuvimos una representación al mejor estilo del circo del Sol.



Cuatro muchachos se estaban lanzando al charco desde el puente, creo que allí la altura supera los 30 metros, se tiraban de pie, hasta con botas puestas. Yo me quité la camiseta para seguirlos, pero Luisfer y Josema me cogieron a las malas y me alejaron del lugar para que no fuera a cometer esa locura. Mientras tanto, Olayita filmaba la hazaña que no me dejaron hacer. Pero tranquilos que vuelvo solo.

A la Una y media descargamos morrales donde aquellas para ser recibidos con el tradicional: “Quiubo pues muchachos, cuenten pues como les fue, y que día tan bonito el que les hizo, noooo.


Luisfer fue el único fiel a la insinuación y pidió el mondongo, los demás nos fuimos por bandeja con posta y claro ganamos porque el tradicional plato resulto “raíz de dos” como califica el ojicontento mayor las viandas que no son de su gusto.


De postre me tocó una hermosa tractomulahotel que venía del Valle, la cual traía cupo completo, esposo conductor, esposa ayudante y dos hijos menores que venían dormidos en la litera. Pichirilo que daba para pose y poncheraso fijo

De regreso a Primavera fuimos despedidos por el cornetazo de la naranja mecánica, en parte como agradecimiento por las flores que le eché por ese Simca tan buen tenido. Instalados en la buseta de regreso pudimos vivir en silla propia los trancones que se arman en la variante debido al ensanche a dos carriles y en la propia carretera vieja por trabajos en la misma. Luego cogimos el metro escoltados siempre por el río Medellín.

Quien iba a creer que horas antes habíamos tomado agua de aquel que nos acompañaba con olor a recién “morido”


Hasta la Próxima

Jorge Iván Londoño Maya

Caminata Camiloce - Finca Canaán

Cuando se hacen las cosas sin pensarlas ni meditar en las consecuencias derivadas de ellas, se es un niño o se es un idiota.

Me tocó en suerte hacer la crónica de la visita que los TTs hicimos el pasado 19 de junio de 2010 a la finquita que nuestro amigo Pedro Nel García se compró en asocio con su novia María Cecilia por los lados de la vereda “La Meseta” del Corregimiento CamiloCé de Amagá, Antioquia. Santo y bueno.

Empezaré la narración contando que esta vez el Lobato tampoco nos pudo acompañar, pero que lo seguimos extrañando. Nos acompañó Pedro, nuestro amigo Antropólogo que ya alguna vez había caminando con nosotros. Nos encontramos en la Estación Itagüí de nuestro Metro y salimos a la mal llamada autopista sur a esperar transporte para el municipio de Amagá, que por cierto en estos días ha sido golpeado de manera absurda por la mala fortuna, al explotar en un socavón de una mina de carbón, una concentración de gas metano, dando muerte a los mineros que en ese momento hacían cambio de turno en horas de la noche.

Muchos muertos; de los que nunca se sabrá cuantos fueron en realidad, porque pese a las disposiciones gubernamentales y a que esa dizque era la mina más tecnificada, los runrrunes y la comidilla de las conversaciones en el pueblo, hablan de muchos más muertos de los que dicen los entes oficiales y las tales “medidas de seguridad” no eran tan estrictas, pues hasta menores de edad había en los socavones. Amagá casi siempre está de luto por sus hijos que aunque mantienen claro que su oficio es riesgoso, también tienen claro que de algo tienen que vivir y saben a ciencia cierta que entran al socavón, pero no saben si saldrán.


Pasó una buseta de Amagá pero no paró por obvias razones de cupo completo. Nuestra idea era llegar hasta el parque del pueblo, desayunar en el restaurante Ramitama como otras veces y de ahí caminar falda arriba los más o menos 5 ½ kms hasta la finquita de Pedro. Si nos quedábamos esperando otro bus de Amagá nos cogería la noche, así que decidimos irnos en uno de Fredonia hasta CamiloCé, buscar desayuno allá y de ahí a la finquita.

Ya llegando a CamiloCé, la carretera estaba invadida por un dispositivo de seguridad impresionante de Policía, ejercito y demás fuerzas del Estado. Ahí caímos en cuenta de que el señor Presidente de la República estaría en la población enterándose y apersonándose de las labores de rescate de los mineros enterrados por la explosión. Uno siempre “se anervia” ante tanto uniforme y armamento, pero 5 viejitos rechonchos no son motivo de preocupación para los agentes del Estado que se amoscan ante cualquier eventualidad. Pasamos por entre ellos como Pedro por su finca, saludándolos, alguno con marcada zalamería, otro medio nervioso, otro haciéndose el pendejo y en fin, cada cual a su estilo, pero muy contentos porque por ser viejitos inimputables, muy al contrario nos sentíamos más protegidos que el mismísimo Presidente; éramos unos ilustres desconocidos e inofensivos caminantes.

Buscamos preguntando un buen desayunadero y aunque nos alejaba un poco de la ruta, nos decidimos por un restaurante llamado “Por aquí pasó Pacho” después de un recodo de la carretera. Al frente había una pequeña explanada en la que había gran cantidad de soldados y policías. Ahí, nos dijeron, aterrizaría el señor Presidente.


Chocolate, huevos, arepa y quesito rapidito y vámonos. Volvimos sobre nuestros pasos y pronto estábamos falda arriba por entre casitas bordeando una calle adoquinada, en la que un poco más arriba trabajaban unos obreros arreglando un daño del alcantarillado. Muchas de esas casitas tenían jardines colgantes de gran colorido y variedad de flores. También muchos soldados que tramo a tramo vigilaban nuestros pasos. Alguno les preguntó a los de adelante por las razones de nuestra presencia en la zona y a Pedro le tocó sacar la cara por nosotros como cualquier terrateniente que se respete, diciendo que íbamos para su finca.


Desde arriba en la carreterita vecinal, por tramos se abre el paisaje de muchos verdes y tachonado de casitas, casotas y mansiones ostentosas, muchas de ellas en ruinas, mudos testigos de un reciente pasado que nos perseguirá por muchos años más. “El valle de la Peras”, nos dice Pedro que se llama el paradisiaco lugar, nombre que le dieron los conquistadores Españoles cuando pasaron por estos lados y vieron árboles cargados de frutas como Peras, pero que eran Aguacates, fruta nativa de América, o “La Indias” como llamaron los barbudos peninsulares a nuestro continente.


Llegamos a “La Meseta”, lugar habitado durante generaciones por la mayoría de los dueños de hoy día, pero que poco a poco, han ido vendiendo sus parcelas, de las que ya casi ni la agricultura de Pancoger se benefician y prefieren irse al pueblo y a trabajar en las minas de carbón o en las fincas de los terratenientes. Una de esas parcelas, es la que Pedro, nuestro amigo y su socia y novia, que compraron a buen precio en la región.


En la tienda del lugar, propiedad de una de las familias raizales, nos tomamos unas
cervezas mientras conversábamos animadamente con la dueña, uno de sus hijos y más tarde con el esposo de la matrona tendera. Un sapo común camuflado entre las piedras, nos observaba atento. Nos compramos otras cervezas y seguimos el caminito hasta la propiedad, a la que Pedro llama “La Tierra prometida”, porque se la soñó así toda su vida. Se la había prometido a sí mismo y ya cumplió su sueño.


Lo mejor de las fincas es que sean de los amigos y claro, ésta no era la excepción. Además de ser de nuestro amigo Pedro y su novia, tiene una vista privilegiada sobre “El valle de las Peras” o CamiloCé, un clima maravilloso, por lo menos ese sábado, y también tiene Guayabos silvestres, Mandarinos, Naranja agria, Limonero, una mata de Grosellas que despeluqué tan pronto llegamos, algunas Heliconias de varias clases Y tres palos de Mango cargados de fruta, la cual aprovechamos casi como de ensalada de almuerzo mientras hablábamos cháchara y tomábamos cervecita.

En esas andábamos cuando un rugido de hélices nos recordó lo de la visita del señor Presiente a Amagá y su tragedia. Halcones y Arpías sobrevolaron la zona y un gran Sikorsky de pasajeros se posó en el lugar que habíamos visto durante nuestro desayuno; se elevó de nuevo y ya fue uno de los halcones el que se posó y levantó de nuevo casi inmediatamente. El Sikorsky fue a posarse luego algo más arriba y los halcones y arpías desaparecieron. Seguimos en lo nuestro y decidimos que terminada la provisión de amargosas, regresaríamos las botellas y retornaríamos a CamiloCé a buscar almuerzo.


Subimos de nuevo a la tienda veredal y reiniciamos la cháchara con la dueña y su familiares durante un buen rato hasta que decidimos partir, pero ya no por la carretera, sino por un antiguo camino de herradura, por el que se movía todo antes de que la carretera fuera construida. Es un camino de los que se llaman “De servidumbre” y que pasa por entre propiedades privadas que son respetadas por los que los utilizan sin distingo de ninguna naturaleza. Algo de eso no fue como siempre a nuestro paso…

En 40 minutos estábamos de nuevo sobre la carretera, después de pasar por parajes y paisajes paradisiacos y por entre callejoncitos florecidos del corregimiento CamiloCé. El aparato militar seguía vigente, ahora esperando el regreso del señor Presiente al improvisado helipuerto para su retorno a la capital. La expectativa del despedir al ilustre visitante colmó de dicha a algunos de los caminantes, que entre cucharada y trinchazo, no dejaban de mirar hacia el helipuerto, buscando en los movimientos del aparato logístico, alguna señal de la llegada del señor Presidente. Ese Mondongo y esas bandejas de varias vainas, servidas en bateas sobre hojas de Bijao o Bihao, desparecieron como por encanto y ni siquiera el aguacero monumental nos privó de la ansiedad.

Tan pronto amainó el aguacero y terminamos el delicioso almuerzo, los indicios de que la caravana presidencial se acercaba fueron ciertos y de inmediato cada cual de acuerdo a sus expectativas, buscó acomodo en los espacios disponibles y permitidos por la guardia Pretoriana de la Presidencia de la República, muy cerca del Halcón negro que sacaría al hombre de los 8 años del entorno. Llovía y llovía como en el disco aquel en que Leonardo Fabio cortó una flor y nada que llegaba la caravana, ni se sabía por dónde llegaría.

Mucha gente arremolinada a ambos lados de la calle y la expectativa crecía hasta que llegaron varios carros y de uno de ellos, no supimos de cual, una figura menudita salió y rápido fue absorbido por los beneficiados que sabían por dónde saldría y saludo va abrazo viene, tome pues la fotico mija y señor Presidente, camine pues que lo están esperando en tal parte, vamos pues mijo y gracias, gracias por entre los gritos de los parroquianos y caminantes que lo saludaban, le daban ánimos y lo felicitaban y agradecían por su labor como Presidente de este manicomio llamado Colombia. Se cerró la ventanilla del avechucho ese y raudo tomó vuelo lo mismo que nosotros, que pronto estábamos esperando transporte para Medellín junto al busto de don Camilo C. Restrepo en el entrecaminos de Fredonia y Amagá.

Llegó un bus de Fredonia con Puestos disponibles y en par patadas termina esta función.

José M.

Caminata Titiribí - Sinifaná

REMANSO DE PAZ ENMARCADO ENTRE TRINOS, MARIPOSAS, MANGOS Y PAISAJE


Un cielo abigarrado en azul, blanco y plomo, con nubes de verano que no se querían ir, y con nubes de invierno que apenas llegaba para apoltronarse. Ese era nuestro marco superior, y en los cuatro puntos cardinales el verde durmiente entre la niebla del amanecer de nuestras hermosas montañas, para dar el feliz día a los caminantes Todo Terreno, quienes uno a uno fuimos desfilando para encontrarnos a las 6:40 am. En la Terminal del Sur, fin iniciar el viaje que nos llevaría a Armenia Mantequilla, punto de partida para nuestra caminata hasta el Municipio de Titiribí.

Luis Fernando Zuluaga Z, Carlos Olaya B. y Juan Fernando Echeverri C. dijimos sí a la cita. Lamentablemente, Jorge Iván Londoño M. y José María Ruiz P. estarían ausentes. El primero por una licencia no remunerada que le dimos como por tres mese y el segundo por asuntos de salud, es decir una quitada inoportuna.

“Éramos tres los caballeros” como en el poema, a lo que Zuluaga dice: “Muchachos, la caminata es larga y cansona, más bien busquemos otra”. “Arranquemos para el Pesebre de Antioquia”…dice Olaya. ¿Y qué tal Cerro Bravo? Dice Juanfer… ¿Saben que? “Vámonos para Titiribí” dice Zuluaga y allá veremos que se hace…va pa’ esa dijimos todos, e inmediatamente nos dirigimos a la Flota TRATAM a comprar los tiquetes.

Mientras estábamos en este menester, un señor que había ahí sentado en la oficina escuchando nuestro indeciso parlamento nos pregunta ¿van a pescar? No señor, a caminar, somos caminantes. ¡Ahhh! Que bien dice el metido a tiempo, les voy a recomendar una caminata bien bonita. Llegan a Titiribí, se bajan en el parque y salen hacia la Sinifaná, es hermosa y ahí preguntan la ruta que no tiene pierde. ¿Y usted la ha hecho? claro, yo también camino y la hice en cuatro horas.

Ni cortos ni perezosos los tres caminantes y mejores amigos, no lo pensamos más y luego de tomar tintico para aquellos y periquito tibio para Juanfer, nos vimos montados en un bus de Tratam, el cual volaba a ratos rumbo al suroeste paisa, esa tradición de café, carbón y arriería que tantas veces ha sido recorrida por los caminantes Todo Terreno y por diferentes carreteras, caminos y senderos, donde el paisaje es interminable y la caminería es una oración, que de botas y cayado mide pasos sin conocer fatiga ni dolor.

Lo ocurrente del caso fue que el conductor del bus era ese mismo señor que nos había recomendado la caminata, lo cual nos dio pie para que al llegar a Titiribí hacia las 9:05 am, en pleno parque Antonio José Restrepo, lo abordamos para que nos indicara como era la salida y el recorrido de la caminata, lo cual nos explicó en forma clara.

Con la cámara de Olaya atenta a todo movimiento, hicimos un recorrido por el parque de este muy atractivo y clásico municipio antioqueño, antes visitado por nosotros, lleno de café, historia, minería, trovas, espantos, arrieros y sueños de hombres grandes que han nacido en su suelo.


Muy bonito y aseado el parque con su forma de herradura. Arborizado, sometido a algunos arreglos y engalanado con los bustos de hijos preclaros de Titiribí, y en el medio, un hermoso pedestal que sostiene el busto del Libertador Simón Bolivar, pequeño, feo y deteriorado. A un costado, una especie de “Pietá” hecha en cemento, como para pone a correr al mismo Miguel Angel.


Luego dirigimos nuestros pasos a la iglesia de Nuestra señora de los Dolores, muy bonita y bien tenida, donde dimos gracias al Gran Creador y admiramos nuevamente el hermoso óleo de la Virgen pintado en 1795 por el Señor Benicio Muñoz, en Sitio Viejo, primer nombre con que se conoció el municipio en su fundación y cuando su cabecera quedaba un kilómetro más abajo.

Titiribí “remanso de paz del suroeste” fundado en 1775, debe su nombre al cacique Titiribí. En 1815 la cabecera fue trasladada al lugar que hoy ocupa. Sus fiestas tradicionales son las de La Copla que se celebran entre el 4 y el 8 de cada diciembre, en honor a los troveros que han salido de esa tierra como arroz y que rasgaron sus tiples desde los socavones de la mina del Zancudo hasta más allá de nuestras fronteras:

“Yo me vine de los Andes
por evitar la bebida;
me vine a Titiribí
qu’ es más grande la medida”.

(Como el asunto es largo y ya hemos registrado información más amplia sobre Titiribí en crónicas pretéritas, sigamos adelante que nos deja el arriero).

Con las almitas en paz y las barrigas en alboroto, ingresamos al Hotel y Restaurante Alaska 2, donde atendidos como nos merecemos, dimos en tres patadas buena cuenta de igual dígito de suculentos desayunos que nos fueron servidos, ya que nosotros no salimos a sufrir como dice Zuluaga, manjares que preferimos no describir, para no despertar suspicacias y comentarios de aquellos que piensan que no caminamos por comer.


Ahora sí. Palillo en boca, corazones contentos y ánimos encendidos, y siendo las 9:50 am, hora que como cosa rara coincidía con el reloj del templo, enfilamos cayados hacia el lugar que nos habían indicado para salir rumbo a la Sinifaná, bajando por una de las calles que encierran la plaza y diagonal a la iglesia, en medio de casitas muy bien conservadas y el infaltable saludo de los parroquianos, quienes a esa hora van a reunirse con sus amigos, a trabajar, a mercar o a matar el tiempo.


En pocos minutos fue quedando atrás la parte urbana para llegar a una especie de sendero medio empinado y adornado con liberales, mangos, San Joaquines y las típicas viviendas campesinas, con olor a oración, maíz pilado, humo de fogón y esperanzas que no se pierden, para darnos paso a la vereda de Otra Mina, donde el camino se destapa completamente como a nosotros nos gusta y todo acompasado con el trinar de los pájaros y las nubes de mariposas que revoloteaban a nuestro lado.


El día esplendoroso, un sol que apenas besa nuestros cuerpos, un paisaje de ensoñación, los cerros del suroeste a lo lejos, aguas, casitas, cultivos de fríjol, café y mangos, así como fértiles pastizales donde pastan hermosos lotes de ganado cebú y cruzado. Aquí en Otra Mina, que no se sabe si es una corregimiento con vereda o una vereda con corregimiento, encontramos algunos negocitos, viviendas junticas, gente que compartía y al fondo como queriendo interrumpir el camino, la pequeña y muy bonita iglesita de María Auxiliadora.

Hicimos un alto en el camino: Olaya y Zuluaga se quedaron en un negocio que hay a bordo del camino, ya que el primero se dedicó a filmar una avispa en pleno vuelo y ante la admiración del segundo de los mencionados.


El suscrito que había sacado unos cincuenta metros de ventaja sobre sus compañeros, se dirigió a la iglesita, la cual aunque cerrada, nos mostró en su fachada, una hermosa placa de mármol, homenaje al nacimiento del Niño Jesús y en la que define y aclara la virginidad de María como nunca lo había hecho nadie, el genial Salvo Ruiz, durante un enfrentamiento trovero con esa media pendejaita de Antonio José Restrepo “Ñito”, en una trova que ha dado la vuelta al mundo y que quedó plasmada en la lente de Olaya. Ahí la tienen.


Seguimos nuestro camino, tomando hacia la izquierda por un descenso algo pronunciado, enmarcado entre liberales, mata-ratón y árboles de mango cargados con la dulce fruta, amenizados siempre con el bello canto de los pájaros que abundan en aquellos parajes y el vuelo intermitente de las mariposas que en múltiples colores y tamaños, parecían querer detener nuestros pasos cual flores voladoras convencidas de su belleza.


Que día, que cielo, que paisaje y que cerros en lontananza, que cantidad de agua desprendida de las montañas y que riqueza la que encierran aquellas fincas y haciendas. Realmente estábamos felices y no lo podíamos creer. Esta caminata nos estaba resultando una de las más hermosas de todas las que hemos hecho y que conste que es la número 210, patoniada más patoniada menos y en eso coincidimos los tres amigos, quienes afirmamos que todo había resultado gracias a una quitada a destiempo y a un metido a tiempo.


Fotos y filmaciones, admiración del paisaje, gozo desbordado, experiencias y que país tan hermoso el que tenemos carajo y lo mejor de todo, poder recorrerlo a pata y sin temores, gracias a la Política de Seguridad Democrática de nuestro Presidente Uribe, la cual esperamos sea continuada por el próximo Presidente, agregando a la misma la cultura y la educación, sin bajarle a la firmeza.

Señores, las 12:07 pm es hora del Ángelus dijo Zuluaga y dicho y hecho, nos despojamos de nuestra gorra para entonar ese tradicional rezo que aún sobrevive en nuestros pueblos y continuar con nuestra marcha, convertida en un monólogo de paz y de belleza, enmarcado entre trinos, mariposas, mangos y paisaje y más contentos que gato estrenando alfombra.

Agua helada, bocadillo de guayaba de Vélez, Santander, granadillas y mangos maduros fueron nuestros alimentos en el camino. La cosecha de mangos es gigantesca y como tal, Zuluaga que se vuelve un gamín a la hora de coger frutas, no perdió su tiempo. Nos empetacó del delicioso fruto y hasta le dio para llenar su morral.

Sostenido nuestro paso e interrumpido por el saludo de algún arriero, parroquiano o belleza natural que llamase nuestra atención, como los cerros, cascadas, pájaros, gavilanes, flores, mariposas y cultivos, fuimos devorando kilómetros y veredas borrachos de tanta belleza y con un sol que ya si empezaba a azotar nuestras humanidades.


Mientras más andábamos por aquellos hermosos y solitarios parajes, más bello el entorno. Las cercas vivas de mata-ratón y liberales, eran interminables y se combinaban con las gigantescas ceibas piñón o de oreja y tachuelos adornadas de melenas y de pájaros que no dejaban de trinar. Más mangos, mariposas y al lado izquierdo esa culebra tendida y curveada de color marrón claro, nuestro hermoso rio Cauca que ya había empezado a acompañar nuestros pasos, mientras los cerros enclavados en el horizonte, se acercaban a nuestros pasos, con la presencia imponente del gran cerro Tusa y sus 1.850 m.s.n.m. que pareciera acariciar el cielo con esa giba que desde este ángulo se transformaba el vértice de su pirámide.

Quién creyera que esta maravilla de caminata fue casi que por accidente y sin buscarla. Aguas repetidas al lado del camino y las hermosas fincas y haciendas con sus casas lujosas, sus piscinas, sus jardines, sus potreros sembrados en imperial, King gras, braquiaria y maralfalfa que crece en estos lugares como por arte de magia y allá en el bosquecillo, el graznido de las guacharacas.

En la distancia no se divisaba aún La Sinifaná, ni siquiera la carretera. Habíamos caminado casi cinco horas, es decir lo que el conductor del bus nos dijo era mentira, o vuela o salvo que la hubiese hecho a bordo de su vehículo. Animitas del purgatorio y almita del Padres Calixto, patrono de los caminantes, que nosotros aparezcamos y no nos agarre la noche, por lo que era necesario acelerar el paso, además que empezaba a amenazar la lluvia.

El camino se tornó en ascenso, posiblemente el más pronunciado del recorrido, el cual luego de superado nos llevó a la vereda Hoyo Hondo, ahí en toda la cima del morro y en un sitio llamado El Ventiadero y es que allí sopla como para dar y convidar. De mi Padre haber conocido este lugar cuando fue Alcalde de Titiribí, con seguridad habría pedido la sede vitalicia del concurso mundial de cometas para el pueblo.

En un estadero existente en el lugar llamado El Ventiadero, por obvias razones, aprovechamos para tomar algún refresco aunque al clima. Eso sí, que paz, que belleza de paisaje y que vista, la cual dominaba cerros y más cerros a más de 180 grados a la redonda y con cerro Tusa siempre sobresaliendo por encima de todos. Un paisaje digno de revista, de película y de postal.


Reiniciamos camino en descenso y como a medio kilómetro había una casa donde vendían gaseosa y cerveza. Ahí si heladas. Que desquitada nos pegamos y que buena conversadora nos resultó la dueña del negocio. Hasta una siestica como de diez minutos me pegué en el lugar, considerando que la noche anterior sólo había dormido dos horas y media, además de venir sufriendo de una conjuntivitis que me tenía algo fregado, pero que con la sudada prácticamente se me había curado.

Nuevamente seguimos nuestro camino, siempre en medio de trinos y de mariposas revoloteando a nuestro lado y en pleno descenso , encontrando a nuestro paso una hermosa hacienda, llamada Hoyo Lindo, la cual era cruzada por el camino y cuyas instalaciones e infraestructura eran bastantes modernas, sus cerca y alambrados impecables, sus pastizales un lujo y sus hatos de ganado Cebú Braman perla, eran de exposición, esos que corrían ante nuestra presencia o se paraban junto a los alambrados a vernos pasar como asomados a un balcón.

Que árboles, que naturaleza, que inversiones, que sembrados y que caminata no nos cansábamos de repetir hasta la saciedad y volvernos intensos. Nuevamente el camino volvió a ser plano y mientras el sol declinaba su calor y sus rayos, fuimos ingresando en un ambiente totalmente diferente. Vegetación cerrada, un piso en muy buen estado, el Cauca dejaba ver su cara más cerca y al fondo una macha blanca en sus orillas, desentonaba en el paisaje: Bolombolo.

Hágale que es fiesta muchachón y no mire hacia atrás que se vuelve estatua de sal. Nuestro ritmo fue más acompasado y rendidor hasta que empezamos a escuchar ruidos de motores, a divisar las blancas orillas de La Sinifaná cargadas de arena, cascajo y piedra. La caminata estaba coronada prácticamente y bajita la mano eran entre 26 a 27 kilómetros de recorrido, luego de seis y media horas de manija.

Llegamos a la carretera principal, ahí en el puente sobre nuestro objetivo y torciendo hacia la izquierda buscamos un estadero cercano. Sí, El Estadero y Restaurante La Amistad, donde cansados pero felices nos sentamos y amablemente fuimos atendidos.-

Teníamos más sed que hambre. Los tres caminantes pedimos bebidas que repetimos y Zuluaga manifestó no querer nada de comer. Olaya y Juanfer si pedimos algo pequeño y liviano que no es del caso referir y compartiendo con la familia propietaria del lugar y entre nosotros renovando y contando los agradables sucesos de esta muy hermosa caminata, digna de repetirse, especialmente para que nuestros compañeros ausentes: Jorge Iván y José María tengan la oportunidad de hacerla, morrales a la espalda y cayados a discreción, abordamos un bus que nos paro y que tenía como destino Medellín.


Raudos enrutamos hacia la capital de la Montaña, mientras a nuestra derecha, el Cerro Tusa parecía querer viajar con nosotros, ya que iba parejito y por buen trecho, acompañando nuestro regreso a casa, el cual gracias a la Divina Providencia fue totalmente feliz y sin contratiempos.

La próxima semana no tendremos caminata por motivo de elecciones presidenciales, pero con el superior permiso reanudaremos las mismas en Junio 12, posiblemente con Colombia con vocación de girasol (Helianthus annus) y con nuevas esperanzas, pero en las gargantas y en la memoria un ¡Dios le pague Presidente!

Juan Fernando Echeverri Calle

22 de MAYO 2010