Caminata Santa Fe de Antioquia - Sopetran

Fecha: 26 de abril de 2008

Integrantes: Luis Fernando Zuluaga Zuluaga y Juan Fernando Echeverri Calle

Nombre: Calor, Color, Luz, Flores, Frutos y Paisaje.

Eran las 7,45 A.M. cuando el 50% de Los Caminantes Todo Terreno, en una mañana medio opaca, fresca y que prometía plenitud de sol, de ese que “más que una simple mancha amarilla en el cielo, es un verdadero sol para cada uno”, como lo afirmaba Picasso, nos reunimos en la estación Caribe del Metro, Luís Fernando Zuluaga Z. y el suscrito, Juan Fernando Echeverri C. ante la forzada ausencia de Carlos Olaya B. y Jorge Iván Londoño M. quienes presentaron su excusa para faltar; la cual con mucho pesar, pero ante el “nada que hacer” se les aceptó de mala gana, ya que caminata sin ellos, es como sancocho sin carne, bolero sin pareja, matrimonio sin mocosos y Congreso sin sacrilegio.

Armados de cayado, buen calzado, morral bien surtido, agüita, ánimos al cuadrado, cámara y El Colombiano bajo el brazo, nos confundimos en un abrazo (pero sin soltar el periódico) los caminantes, quienes como en el primer día de clases, llenos de expectativas, reiniciábamos nuestro sabatino periplo de caminatas ecológicas y de amor a la naturaleza y por todo lo que tenga que ver con la armonía, cual caballeros andantes, lejos de rocinantes, de molinos y de cuerdas locuras, sólo aquella que produce la borrachera de paisajes y luego de un mes de para, (no para-política, sino de quietud y que quede claro.)

En uno de esos locales dedicados a ventas de comidas rápidas que abundan en la Terminal del Norte, Mariano Ospina Pérez, hicimos un alto en el no iniciado camino, para pedir un pre-desayunito de celador mañanero, consistente en café con leche con empanada para Zuluaga y Mr. Tea con palito de queso para quien esto “escribe.”

Luego de un eructo disimulado ante tan proletarias viandas, nos dirigimos a los Transportes de Occidente donde abordamos un bien tenido taxi colectivo, blanco como la neblina que se escurría sobre las colinas de Medellín, para iniciar nuestro recorrido rumbo al Occidente por plena carretera al mar, esa que se va enalteciendo de paisaje a medida que se agotan los kilómetros hacia nuestra meta; siendo atracción y espectáculo inicial, la vista obligada del metrocable de nuevo Occidente, con sus góndolas cargadas de mano de obra que madruga, de esperanzas y de confianza en el futuro, ese que cruza por encima de nosotros allá en el sector de Pajarito o mejor de La Aurora, en el corregimiento de San Cristóbal.

Entrando en diálogo con el conductor y como el mundo es un pañuelo y nosotros los moquitos, fuimos haciéndonos en forma turnada el más confianzudo y espía de los interrogatorios, hasta descubrir que este señor que nos había tocado en suerte, se llama Mario Suárez, que vive en San Javier y sobrino de Don Bernardo Suárez, amigo personal desde hace más o menos 35 años, ya que fue toda una institución en las Flotas de Taxis Tarapacá y Tax Americano, empresas muy vinculadas a esa historia parroquial de La América. Esa cara no me era desconocida.

Que botada de corriente, que desquitada, que desatrasada, que concierto de histórica y cháchara; es decir; si una arepa nos ponen en la boca, con seguridad que hablaríamos por la arepa. Como es de bueno viajar así. El tiempo corre, el paisaje pasa borroso y hasta el túnel de occidente, Fernando Gómez M. fue un lindo invitado oscurecidamente iluminado y que pasó raudo ante nuestro diálogo, como raudo pasó el viaje, del cual sólo reaccionamos, cuando el vibrar del taxi, sobre el muy bien dispuesto y organizado empedrado de las calles de la Ciudad Madre, nos sacó de aquel torrente de cháchara de la buena, para avisarnos que habíamos llegado a la señorial, hermosa, colonial y otrora capital de nuestro Departamento.

Esa donde el tiempo se quedó anclado en vacaciones y la cual fue fundada por el Mariscal Jorge Robledo (favor no confundir con el fastidioso senador que sabemos) el 4 de diciembre de 1541 y que ha sido escenario y protagonista de las más bellas historias, pilar de nuestras gestas paisas y hoy cuna de ese turismo que despierta y se sacude sobre el Occidente de Antioquia y que mira hacia Urabá y desde allí mirará al mundo, gracias a ese mar hasta hoy inexplorado, inexplotado y no aprovechado.

En el parque de la Ciudad Madre, estiramos nuestros músculos, deleitamos la vista sobre su catedral, la fuente, el monumento a Don Juan del Corral y a la estatua de Bolívar, quien da su nombre al parque, pero nuestro interés lo definía claramente, nuestros jugos gástricos en batahola, que nos obligaban a otear sobre los diferentes negocios que su ubican en los cuatro costados del hermoso parque, con sus típicos toldos y sus árboles, para seleccionar aquel donde tomaríamos nuestros reales desayunos.

Y si, efectivamente, ahí como a treinta metros, nos esperaba un acogedor restaurante, de local pequeño, pero buena presencia, donde despachamos tremendas presas de carne de cerdo con arepa y sendas tasas de chocolate espumoso y calientico, como para animar el alma y enfrentar la caminada.

Era suficiente esta tanqueada, lejos de aquellas a que nos induce el Lobato (Jorge Iván) y que son antagonistas para las lides de la caminería y la esbelta línea que debe mostrar un caminante. Por hoy pasamos, ya que quedamos como unos chinches.

Y así con eructo de verdad y rebosados de contento, dirigimos nuestros pasos al Puente de Occidente, maravilla de nuestra ingeniería; ese que contra todo pronóstico construyó hace más de un siglo José María Villa, natural de Sopetrán y que hoy sigue, a pesar del tiempo y la fuerza de la gravedad, tendiendo sus tablas, su maderamen, sus vigas y sus cables sobre el enamorado Cauca para llevar progreso, noticias, turismo, carga, mensajes de amor y esperanzas sobre las áridas orillas que lo unen, en una tierra cálida, referenciada a 25º C, pero que los supera con creces, gracias al calentamiento global que ya nos afecta, al descuido del hombre sobre el paisaje y a la no muy abundante precipitación sobre esta importante región, la cual no es la más rica en aguas que digamos.

Aprovechando la ruta que seguimos, arrimamos a la hermosa propiedad de nuestro amigo y contertulio Ing. Pedro Hernández G. y su Señora Consuelo de Hernández, distinguida con el nombre Arauco, si mal no estoy, de Nabumake y donde ya hemos sido acogidos por nuestros queridos amigos citados y por donde era imposible pasar, sin dar un saludo, pero lamentablemente aún no habían llegado, así que con un dejo de frustración que echamos en los morrales, seguimos nuestro paso arrollador rumbo a Sopetrán.

Por plena carretera, con el sol sobre nuestras desguarnecidas humanidades, ya que nuestras gorras, eran poca cosa ante el esplendor del sol; con un apacible silencio, sólo interrumpido por el canto de algunos pájaros, el “chillido” de los garrapateros y el roncar de las moto-ratones con su carga de turistas y pasajeros, fuimos tragando distancias a un ritmo de cinco kilómetros por hora, ya que el Zuluaguita y el suscrito, cuando ponemos los ojos sobre el horizonte y el corazón sobre el camino, “semos” de respeto.

Por esa carretera recalentada, sudando a cataratas, ni siquiera a cántaros, acompañados de la sombra interrumpida de Acacios, Forrajeros y Trupillos que crecen en esas cuasi desérticas y ácidas tierras, cubiertas de pastizales flechudos, cactus, pencas y espinos, pero donde ya no vimos los escombros y las basuras de otras caminatas, llegamos al Puente de Occidente, donde el Zuluaguita aprovechó para dar rienda “suelta” a su lente; refrescamos nuestras gargantas y con un leve homenaje a José María y a la destronada y colgante estructura, pero nunca olvidada, seguimos adelante, sin dejar de reconocer que el lugar está aseado y no presentaba la deprimente presencia de basuras de otras veces; así mismo el río Cauca bajaba crecido y hermoso y pese al color marrón de sus aguas, parecía que hasta la contaminación había mermado, lo cual nos trae un virtual consuelo.

Mientras más caminábamos, más calor despedía la trifilar parrilla del “zarco Jaramillo”, pero como cosa paradójica, el paisaje se tornaba más verde, más amable, iban llegando las Musaéndras, las flores, los pastizales, las fincas de recreo y de ganado con sus hatos de cebú y cruzado, las casitas campesinas, el saludo de sus moradores, los frutales, las aves con sus revoloteos y sus cantos. Ya, quienes tendían sus generosas ramas de sombrío sobre nuestras humanidades recalentadas al máximo, eran las corpulentas ceibas, los tamarindos, los mamoncillos a punto de cosecha y los algarrobos (no confundir con los “Algorobo” del congreso); en dos de los cuales se mecían al toque de la escasa brisa, los nidos de los gulungos, la mejor expresión de la propiedad raíz que nos muestra la naturaleza, pero sin reglamentos, sin quejidos, sin chismes, sin cuotas de administración y sin imposiciones, ya que para aquellas hermosas aves, todo es convivencia.

Imposible dejar pasar éste hermoso detalle sin que quedase plasmado en la lente de nuestro “Melitón” Zuluaga, quien ni corto ni perezoso, se tendió cual largo es en el piso, para intentar pasar, rompiendo malezas, un alambrado de siete cuerdas, que defiende una bonita hacienda, arriesgando romper su ropa, que lo mordiesen los perros o hasta un disparo (Dios no lo quiera, ni lo quiso) pero tenía que lograr de más cerca estas “vistas”, para los registros de los Todo Terreno y a fe que lo logró, ya que el Zuluaguita, no es de muchas “visticas”, pero si de calidad en las mismas, apenas como para referir y documentar nuestras crónicas y que conste que hace su trabajo con los ojos cerrados, ya que cada quien tiene su estilacho y su mayor o menor número de dioptrías.

Seguía el ritmo endemoniado en nuestras piernas y en nuestras lenguas, ya que para botar corriente nos llaman los bobos, y eso si, podemos garantizar que no nos callamos ni tres minutos durante la caminata, ni siquiera para tomar la cervecita, el agua o las gaseosas que refrescan nuestros radiadores y nuestras almas. En esas estábamos, maravillados del espectáculo del paisaje, la tiranía del “Jaramillo”, la abundancia de frutales, cuando algo, como un intruso no invitado que se cruzó sobre la vera del camino y que llamó nuestra atención, nos hizo parar.

Si, efectivamente, allí, más solito que un hongo y muy callado, como rememorando pasados y esperando esa mujer corpulenta, ya ida, armada de brazo o mano, para golpear amorosamente el maíz fin sacar el afrecho y dejarlo listo para la mazamorra y las arepas; estaba un pilón, rodeado de la viruta de su cuerpo, junto a una pequeña mesa de trabajo y a un lado el hacha, esa que derribó montes y abrió progreso, pero a que precio. Y ahí a un ladito, una afilada herramienta, envuelta en un caucho, con la que alguien, había acabado de fabricar éste típico elemento de la antioqueñidad y que nos arranca recuerdos y nostalgias, esas que no sienten, quienes no han vivido.

Ni corto ni perezoso, tomé el afilado instrumento e hice como quien está terminando los últimos toques al pilón, Zuluaguita me tomaba “la vistica” para el recuerdo, cuando nos interrumpió una venerable figura, era un viejo de esos con perfil de montaña y fortaleza de ceiba, quien muy amablemente nos dio su saludo. No tiene menos de ochenta abriles sobre sus hombros y nos mostró su obra. Es el fabricante de los pilones, se llama Bernardo Antonio Correa Durango y nos habló sobre sus experiencias del trabajo en cedro y madera aguacate entre otras, manifestando que hace un pilón y su brazo o mano, en día y medio y que lo vende en ciento veinte mil pesos. Desconcertados, sin saber distinguir entre lo cierto o la nunca perdida exageración paisa, nos posó Don Bernardo Antonio para nuestra cámara y despedidos seguimos nuestro camino.

Repito, nuestro ritmo era infernal y alegrado por la cantidad de flores, frutos, Musaéndras y ese verdor, que no se amilana ante el azote inclemente del sol. En esta caminata, que hemos hecho en otra oportunidad, pero en sentido contrario; Sopetran a Santa Fe de Antioquia, es decir, la misma belleza pero vista al revés, sin que eso quiera decir que las hojas de las plantas nos mostraran su envés, la naturaleza parece se vistió con mudas nuevas para recibir a los caminantes. ¡Que belleza carajo!!

A estas alturas del camino, nuestras ropas escurrían por el sudor; el calor se podía cortar a barberazos, no obstante haber aparecido algunas nubes oscuras en el horizonte que le quitaban protagonismo al “zarquito Jaramillo”. Así mismo, y ante nuestros ojos en medio de unas palmeras cercanas al camino y que lo enmarcaban, apareció en lontananza EL Municipio de Sopetrán, destacándose su templo con sus torres blancas y elevadas queriendo alcanzar el cielo.

Faltaban 25 minutos para las tres de la tarde, cuando ingresamos a Sopetrán y en unos pasos más, estábamos en su parque La Ceiba, nombre que toma del hermoso ejemplar que se levanta en su centro. Realmente bonita y alegre la población, con su gente amable, su comercio organizado, sus ventas de frutas y ese toque de progreso que le coquetea y que lo llenará de turismo en un futuro cercano.-

Como cosa rara, en ésta caminata no entramos a ninguna iglesia, pero eso si, nunca olvidamos a nuestro Creador, a quien le montamos nuestro propio templo en el interior, desde donde también son válidas nuestras plegarias.

Como la fatiga era mucha, la sed si que era cierto y el hambre como que si y como que no, al igual que en oportunidades anteriores, subimos al restaurante Las Acacias, donde fuimos recibidos, pero no con la calidez de antes, además de estar solo debido a la hora. Pedimos la carta; Zuluaga cerveza bien helada y el que esto garrapatea, dos juguitos de guanábana, ya que no había de tamarindo como cosa rara, pero eso si en vasos grandotes, advertí previamente.

De almuercito, sólo ordenamos sendas sopas. La de Zuluaga de fríjol y la mía de zanahoria; “banquetes” reducidos pero deliciosos y que no ameritaban dejar en la cámara, máxime que la sed y el recalentamiento no daban ganas de nada.

Despachamos esos platicos, cual Corte suprema de Justicia, despacha sin empacho, rumbo a la guandoca a cualquier parlamentario acusado de pertenecer a “aquellos” que sabemos… y pagamos la cuenta; para dejar nuestras “sillas vacías” pero eso si, limpias, inocentes y sanas, para salir rumbo a los transportes y comprar nuestro tiquete de regreso, el cual por fortuna obtuvimos en un taxi colectivo, similar al que nos tocó a la venida y que llenó cupo con una simpática niñita de nombre Carolina, quien llena de esperanzas y de buenas intenciones, iniciaría labores el próximo lunes, con la Dirección de Tránsito de Medellín en el área de capacitación.

Cuando el taxi hacía su carreteo por un costado del templo del Municipio, pudimos observar la casa marcada con el número 8-30, donde lanzo su primer berrido y su primer aguijón al estilo de su muy leída y temida Just Gentium, nuestro amigo y contertulio Don Raúl Tamayo Gaviria y la cual conserva aún en su fachada esa placa que reza: “Se yerran vestiaz”.

Cachando por el camino con Carolina, el “fercho” y el otro ocupante del taxi, a buen paso, rumbo a la Bela Villa, estuvimos satisfechos con nuestra jornada, máxime haber podido comprobar el aseo y mantenimiento en el Puente de Occidente, igual situación a lo largo del camino recorrido; pero por los contaminantes acontecimientos políticos del país, que nada tienen que ver con lo ecológico, una voz interior me gritaba: “Vuelvo a creer en la justicia de Colombia, el día en que vea a Teodora juzgada por apátrida”, lo cual me volvió a aterrizar en el ya aburridor entorno del día a día, en que se ha tornado nuestra lindo país, por culpa de unos pocos.

Casi sin darnos cuenta, ya que hasta una tonguita me pegué durante el regreso, para hacer honor Olayita, nuestro compañero ausente, arribamos a la Terminal del Norte y de allí pasamos a la estación del Metro y así encarpetados en nuestro gusanito del alma, nos dirigirnos a nuestros hogares a descansar y prepararnos para la próxima caminata, la cual tendrá hasta poeta a bordo.

Un abrazo y hasta que los caminos nos “arrejunten”,

JUANFER

Caminata Estación San Javier - Las Hamacas - Estación San Javier

Fecha; sábado 8 de marzo de 2008.

Lugares visitados: Estación del Metro San Javier, nuevo Metro cable hasta Estación La Aurora y de allí al estadero Las Hamacas, para retornar a San Javier.-

Integrantes: Luis Fernando Zuluaga Z, (Zuluaguita); Carlos Alberto Olaya B. (Polaroid), Jorge Iván Londoño M. (El Lobato) y Juan Fernando Echeverri Calle (Juanfer).

Nombre: SALTANDO LA MONTAÑA PARA ABRAZAR LA PAZ Y LA ESPERANZA

“Cierto es que hay mucha miseria.
No solamente la miseria que viene de la esterilidad de la tierra, sino la gran miseria, la que viene de la esterilidad de las almas y de la dureza de los corazones.”
El Erial –Constancio C. Vigil-

Eran las 7:45 a. m. cuando en una mañana hermosa, con un cielo limpio y un sol que se mostraba resplandeciente y cálido como no se veía en días, caminaba por la Calle San Juan, sector del Segundo Danubio, rumbo a la Estación del Metro, cuando sentí que a mis espaldas me llamaban con unos silbiditos y al voltear mi cabeza, me encontré con la grata presencia de mi “cuñita” y compañero de caminatas Carlos “Polaroid” Olaya, quien armado de su infaltable cámara y su descrestador unípode o monópode, venía rumbo a la precitada estación, para cumplir la cita que nos habíamos hecho Los Caminantes Todo Terreno, para hacer el recorrido entre la estación San Javier y la estación La Aurora, pero del Metro cable de Nuevo Occidente, obra colosal construida por la Administración Fajardo y que será entregada oficialmente por nuestro Presidente Dr. Álvaro Uribe Vélez, el próximo 26 de marzo, y que sin lugar a dudas, será la redención definitiva de la comuna 13 y sus moradores, tan olvidados por el estado, el cual empieza aponer sus ojos en la misma, prueba de ello las importantes inversiones hechas en los últimos meses y la quinta visita que espera del Presidente. Por algo será.

Luego del saludo y abrazo de rigor, los dos amigos caminantes, dirigimos nuestros pasos Al Parque Biblioteca de San Javier, para utilizar el nuevo puente peatonal, obras igualmente de Fajardo, y que une éste centro de la cultura con nuestro Metro y el nuevo Metro cable. El recorrido del puente es de unos trescientos metros, sobre el sitio donde antes estaba una zona deprimida de potreros y talleres y que hoy alista su mejor pose para convertirse en un parque infantil y deportivo.

Nuestro propósito era encontrarnos en la remodelada estación San Javier y la nueva estación del Metro cable, con los otros integrantes de nuestro grupo Los Caminantes Todo Terreno, El Lobato Londoño y El Zuluaguita, quienes muy cumpliditos nos esperaban en el interior de la estación, donde hicimos contacto con éstos y luego del fraternal saludo que no nos puede faltar, ascendimos hacia las instalaciones del Metro cable, unos por las gradas y otros por las escaleras eléctricas, ya que ésta obra es hecha con todos los fierros y pensando en las necesidades de la comunidad, además de la seguridad.

Arriba fuimos saludados y recibidos por los empleados del metro, quienes muy atentamente nos indicaron la ruta a seguir por entre las cintas distribuidoras de usuarios para ingresar a las cabinas o góndolas, esas que lentamente y siguiendo el funcionamiento de las poderosas poleas, se hilvanan a los muy finos y recios cables de acero, como un collar de perlas que se desenrolla desde lo más alto de la montaña, esa que cubierta de ranchos humildes, se cubría de sentido de pertenencia y esperanza, ante la sonrisa de progreso y justicia social, que el futuro les brinda.

Rápidamente abordamos la cabina no. 67 (capacidad para ocho persona sentadas y dos de a pié), de las 119 que componen el sistema y las cuales colgadas de gruesos y finos cables de acero, sostenidos a su vez por gruesas y muy firmes pilonas, algunas de ellas inclinadas desafiando la física y la misma gravedad, esperan mover un promedio de 30 mil personas diarias, a una velocidad de cinco metros por segundo y en un trayecto de casi tres mil metros, repartidos en cuatro estaciones (San Javier – Juan XXIII –Vallejuelos y La Aurora), para dar calidad de vida a los usuarios, mejorar las condiciones de vida del entorno y pasar a ser un protagonista importante dentro del atractivo turístico y de progreso de Medellín, así como lo es, con un éxito maravilloso, el primer Metro cable hecho en la ciudad, el de Acevedo a Santo Domingo, sistema de transporte aéreo por cable, único en el mundo para pasajeros y unido a un sistema Metro, lo cual tiene descrestados a más de un país interesado en este medio de transporte y que será atractivo en abril del presente año, en una feria del ramo que se llevara a efecto en Dusseldorf Alemania, según fuimos informados por un señor contratado por los constructores, para sacar fotos y filmaciones sobre nuestro moderno sistema, labor en la cual lleva un año.

A paso muy suave y pausado (se siente más un gay en medias), nuestra góndola se fue desplazando sobre los cables de acero, tomando altura y ganando grados sobre la perpendicular, mostrándonos una vista de 360 grados a la redonda, con un cielo azul y limpio encima. Un sol radiante al oriente y las montañas que encierran el hermoso Valle del Aburrá, medio cubiertas por esa neblina tenue que se niega a morir ante el calor del “astro rey.”

Abajo, un pesebre de casitas en desorden, con sus vías regularmente trazadas, caminos en escalinatas, techos de madera, cartón y zinc y en medio de ellas, unos cortes en la montaña, hechos a plomada, para sostener en la gracia de Dios, esas viviendas, donde sólo la pobreza y la desigualdad social, se atreven a buscar un refugio para sus hogares; pero no todo es negativo.

También se observan nuevas construcciones en material, intervención en vías de penetración, colegios y escuelas muy bien terminadas, muros de contención, distribución organizada de servicios públicos y nuevas sonrisas y esperanzas en los rostros de esos hombres obreros, que a esa hora salían de sus “casas”, para enfrentar el trabajo que les suministra su sustento.

Así, maravillados con la vista, ya que en estos lugares, siempre he sostenido, hasta la pobreza se ve hermosa, un pequeño remezón nos sacó de nuestra admiración y de nuestro asombro, para indicarnos que habíamos llegado a la estación Juan XXIII, sembrada como un milagro de equilibro, sobre una mole de concreto, que desafía las alturas y que se encierra entre pilonas inclinadas en unos 45 grados, para nivelar el cable que sostiene y por el que deambulan las góndolas, uniendo distancias, atrayendo esfuerzos y repartiendo a manos llenas el progreso y la esperanza.

Luego de dejar pasajeros y recoger otros, el collar de góndola sigue su marcha pausada y suave, buscando las alturas y mientras más avanza, proporcionalmente parece incrementar la pobreza, si, pobreza de gente tan buena como el pan y que deja ver sus casitas humildes, donde reina el aseo y el orden, pero también reina la presencia de niños y mujeres con sus vientres abultados, en una clara explosión demográfica, sin lugar a dudas, el primer factor problema de la pobreza de nuestros pueblos.

Los cuatro caminantes no parábamos de mirar, observar y comentar esta hermosa experiencia, si hermosa por encima de la misma pobreza, para de pronto sentir que el ritmo de la góndola aceleraba, para tomar la cima y agarrar en bajada, rumbo a Vallejuelos, esa inmensa invasión que partida en dos por la quebrada la Iguana, con sus aguas turbias, sus espumarajos al chocar contra las rocas, las piedras en sus riveras y los bancos de arena, cascajo, arenón y gravilla que alimentan casi todas las construcciones de Medellín, disimula el daño que ha hecho con sus borrascas y corrientes, en aquellos inviernos repetidos, que cobran vidas y arrastran ranchos con sus humildes pertenencias, para robar la escasa riqueza que puede poseer la miseria.

Vallejuelos es un peligroso milagro de vida en la falda de la montaña, sostenido en zancos de madera cual palafitos lacustres, que esperan no el correr del agua, más si el correr de un derrumbe que arrebatará sus sueños y cegara sus vidas y sus ansias. Niños por montones, ranchitos humildes, aseo y orden y mujeres con su preñez a cuestas…..Es el común denominador de una sociedad olvidada, que se debate entre el desespero y la esperanza, que ya toca sobre las humildes maderas de sus puertas, para que entre el futuro con un nuevo norte en sus espaldas.

Es pronunciada la inclinación hacia el cauce de la quebrada, para luego enderezar nuevamente siguiendo el perfil de la montaña y allá arriba, el paisaje se parte por la cinta asfáltica y quebradiza de la vieja carretera al mar, para ingresar al corregimiento de San Cristóbal y mostrarnos a lado y lado, una nueva vista de la hermosa ciudad de Medellín que crece y se aferra a las hostiles faldas de nuestras montañas.

Aquí, rumbo a la Aurora, el paisaje cambia. El verdor de la naturaleza se vuelve más verde y más constante, al frente los bosques naturales y por encima de éstos, se ven edificios apiñados que sobresalen sobre las copas de los árboles. Son esos planes de vivienda de interés social que poco a poco albergará aquellos hogares víctimas de fenómenos naturales, desplazados por el riesgo de sus viviendas, por la violencia o por la otrora falta de inversión social, con la cual, hoy se ha comprometido, de alguna manera nuestra administración municipal, para conceder vivienda digna y subsidiada a esas familias más necesitadas y abandonadas de la fortuna. (Dios sabrá pagar)

Es un trabajo costoso, lento y de mucha continuidad, que poco a poco se torna en una hermosa realidad, con una meta de treinta mil viviendas o más, en las localidades de Pajarito, La Granja, Lusitania, Robledo, La Aurora y San Cristóbal…..Hay futuro gracias a Dios.

Es importante anotar y dejar constancia, que en lo alto de Vallejuelos, existe un santuario para caminantes y peregrinos, quienes suben la montaña para dejar su plegaria y su agradecimiento, ante el hermoso Cristo de la Paz, verdadera obra de arte, que nos trae a la memoria, esa guerra en la que se vio envuelta la comunidad hace unos cuatro años y erradicada de raíz por nuestro Presidente Uribe, mediante la famosa operación Orión.

Con su ritmo siempre sostenido y en un ambiente de árboles, construcciones, carreteras, parques y terrenos preparados para la construcción, hizo ingreso con su cargamento de caminantes, la silenciosa góndola a la Estación La Aurora, imponente, bonita y al igual que las otras muy moderna y bien presentada, procediendo a bajarnos de la misma para presurosos salir a la calle o vía que la circunda, donde llegan las busetas integradas del sistema Metro, ampliando su servicio en forma rápida eficiente y económica para los usuarios.

Se destacan desde lo alto, las nuevas viviendas, los colegios y escuelas obras de Fajardo, un obsesionado por la educación y la cultura y allá arriba, hacia La granja, los edificios que entre siete y diez plantas, bien terminados con sus andenes, zonas verdes, zonas comunes, arborización, respeto por los viejos árboles allí plantados desde años ha; ya que se nota el afán e interés de conservar el medio ambiente lo mejor posible, recolección de aguas lluvias y de arroyos nacientes en el entorno, mediante canales y fuentes, presencia de aves con sus vuelos y sus cantos, así como la construcción de especies de auditorios en escalas, reforzados con madera inmunizada para la lúdica de los moradores, en especial de jóvenes y niños, quien estrenando ilusiones, juegan con sus carritos, sus bicicletas y sus patines y se asombran ante la presencia invasora de los caminantes, pero con sus caritas morenas y sus sonrisas de arroz, atienden nuestros saludos.

Recorrimos el lugar, admiramos los jardines, andenes, los muros de contención, las calles y vías de penetración, las veletas de adorno que se quieren volar movidas por el viento y las dignas viviendas que hoy en día albergan y se aprestan a continuar albergando nuevos sentidos de pertenencia y nuevas familias, llenas de paz y de nuevos sueños cumplidos.

Luego, los caminantes Todo Terreno, quisimos buscar la carretera principal, para buscar almuerzo en el Estadero y Restaurante Las Hamacas, internándonos por unos terrenos propios para seguir construyendo vivienda de interés social y en medio de pinares, cámbulos, fresnos, chiminangos y guayacanes y cruzando un camino empantanado, salimos a la fundación del Municipio de Medellín, dedicada a la atención del adulto de la calle, con alguna limitación física o mental, donde con mucho amor unas atractivas jóvenes, de manera muy profesional, se entregaban en forma abnegada y profesional a adelantar con estas personas, trabajos de estimulación, enseñanza y recuperación con la esperanza de volverlos útiles a la sociedad.

Ya en plena carretera, nos bogamos su leve ascenso hasta el Estadero las Hamacas, el cual estaba cerrado, como quien dice, se nos embolató el almuerzo, pero caminamos unos trescientos metros, en medio de pinares y eucaliptos, hasta encontrar un mecatiadero, donde con cervecita para los de siempre y gaseosita para los ídem, cuñadas éstas bebidas con pandebono y pastel de guayaba, procedimos a deshacer pasos, encontrando la “famosa” (así entre comillas) y no me pregunten el motivo, finca Lucitania, con la cual según parece, el Municipio adelantará programas de reorganización con fines sociales, utilizando sus caballerizas y su inmensa casa, para tales fines.

Llegando nuevamente a la Estación La Aurora, abordamos una de las góndolas, en éste caso la número 25, la cual compartimos con dos señoras que venían del Popular No. 1 y un señor de edad, quienes fueron nuestros compañeros de viaje e intercambio de opiniones y comentarios sobre ésta nueva experiencia, la cual se torna sin lugar a dudas en la más corta de nuestras caminatas y con una característica, fue poco lo que patoniamos, ya que nuestros potenciales pasos quedaron suspendidos en el esfuerzo de las góndolas que nos sirvieron de transporte.

Luego de un recorrido de doce minutos que es lo que demanda este sistema subiendo o bajando, nos apeamos en la Estación San Javier, contentos y con el alma llena de sentimiento, al poder comprobar, que nuestra administración, está tendiendo por fin, esa mano provista de un techo, para aquellas familias más necesitadas de la misma y que se veían obligadas por su pobreza a vivir en ranchos que sólo representaban más que un refugio para sus hijos, un serio peligro para sus vidas.

Que obra colosal nuestro sistema Metro y el Metro cable. Hilvanar en un cable de acero, los nuevos hogares con los colegios y escuelas, con las fábricas, factorías y sitios de trabajo; con la educación y la cultura y con las nuevas viviendas dignas y humanas, para poder decir, que aquí en Medellín, se ha dado un salto sobre la montaña, para abrazarnos a la paz y a la esperanza.

Dirigimos nuestros pasos hacia la residencia de nuestra amiga y contertulia, Doña Elba Cecilia Restrepo G. (ElbaCé), columnista de El Colombiano, quien allí en su casa nos atendió como a reyes, es decir como lo que somos, y luego de una autoinvitación que nos hicimos y que aceptó de inmediato y sin condiciones, nos recuperó el almuerzo perdido en Las Hamacas, mediante cuatro tremendos y deliciosos tamales germinados en sus manos, los cuales servidos por la propia ElbaCé, en compañía de sus hijos: Ana Sofía, y Juan Pablo, así como de su hermana Silvia, devoramos sin contemplaciones ni remilgos, en el anden de su casa, sentados en unas cómodas bancas de cemento que tienen dispuestas para la ocasión, en medio de mayos, tórtolas y azulejos que revoletean en los árboles del lugar y bajo la sombra de un jazmín o caballero de la noche, el cual dejaba escapar su fragancia, confundida con el delicioso olor de nuestros tamales.
Compartimos un rato y enteramos a la muy querida familia de nuestra experiencia, mientras arriba y como a unos cuatrocientos metros del lugar, las góndolas del Metro cable seguían con su ritmo uniforme y suave, en su constante ir y venir cargando pasajeros, turistas y progreso.

Despedidos los Caminantes Todo Terreno de nuestra amiga y su familia, con todos nuestros agradecimientos por las atenciones recibidas, nos dirigimos nuevamente a la estación del metro, pero pasando por la panadería Metropan, donde reforzamos en la más descarada de las gulas, la llenura de tamal, con rollo y gaseosa, para quitarle el antojo al Lobato, quien con Zuluaguita, se embarcó en el Metro rumbo a sus residencias.

El Polaroid tomó un taxi rumbo a casita con su cargamento de fotos a montones y el suscrito, simplemente caminó hasta su residencia, los 827 pasos que lo separan desde la Estación de San Javier.

Hasta la próxima, la cual esperamos sea muy larga y llena de emociones y nuevas experiencias,

JUANFER

Caminantes Todo Terreno


Para mirar el trabajo fotográfico de Polaroid Olaya sobre esta caminata, favor ingresar a este lugar:

http://picasaweb.google.es/joaco6161/MetrocableSanJavier15_03LEnaJ

Caminata Vereda La Granja (Montebello) - El Retiro

Fecha: sábado 8 de marzo de 2008

Asistentes: Luis Fernando Zuluaga Zuluaga, Juan Fernando
Echeverri Calle, Carlos Alberto Olaya Betancur y Jorge Iván
Londoño Maya

Duración: 7 horas

Nombre: “Sinfonía de Dios en clave de A”

Pues si, el que es caminante repite, y esta vez volvimos a coger para Montebello, que si es monte y es bello. En crónica anterior lo afirmé: “Montebello es la sala de espera del cielo”, calificativo que me valió mi dosis personal de aguacate por sécula seculorum, generosa donación que me hiciera Oscar Domínguez y Giraldo, montebellanita de fruta y cepa, quien a lo mejor todavía debe andar en los dispendiosos trámites notariales para hacer realidad tan mantequilludo ofrecimiento. Mientras tanto, los seguiremos comprando y “palpando”, cual copa B, en el puesto de mi tocayo ubicado en toda la pepa de la carrera 73 con la calle 47D (Antonio Roldán Betancur) donde no se requiere de ficho y mucho menos de fecha en el calendario, porque abre todos los días.

Así que muy advertidos con el cumplimiento del horario, porque si nos dejaba el lechero de las 7 y 30 nos llevaba el de Aguadas, pueblo muy famoso por estos días, nos encontramos en la Terminal del Sur, otra novia de los Todo Terreno, a la que visitamos de vez en cuando pero que siempre nos recibe con los buses abiertos.


Comprados los tiquetes en la flota para el bus de las 7 y 30, pasamos a la barra de uno de los kioscos para disfrutar del sencillo pero delicioso desayuno, que tuvo como entrada un espumoso café con leche y de salida los buñuelotes de siempre, las empanadas con cuerpo de quinceañera y los pasteles de pollo con forma de mini platillo volador, pedido que se hacía de acuerdo con el gusto de cada caminante.

En plataforma nos esperaba un enorme bus marca GMC rojiazul, colores que le afloraron a Luisfer una sonrisa de norte a sur. Adueñados de las primeras sillas, y con una vecina que no sabe de “despechos” ni cree en catarros, salimos cumpliendo horario de cohete espacial, para hacer el recorrido por la autopista sur, la variante de Caldas y terminar en la vieja pero aguantadora carretera para el alto de Minas, en cuya subida la pegamos la miradita de rigor a la hermosa trigueña que atiende el puesto de control de la flota Santa Bárbara, y que el sábado pasado nos dejara boquifruncidos con esos ojos, esas cejas tupidas y esa sonrisa, como para no entrar en más detalles.

Cuando llegamos al alto de Minas, no propiamente quiebra patas, sino quiebra alientos por el delicioso chorizo que allí se come, y que se exhibe colgado por kilómetros lineales, el bus fue parado por el escuadrón de soldados que allí se mantienen apostados; uno de ellos se subió y se presentó como soldado del batallón de infantería Pedro Nel Ospina, (el hombre no sabía que adentro iba toda la cúpula del grupo de caminantes José María Córdova) y agregó: las mujeres se bajan por la puerta delantera y los hombres por la de atrás y no me dejan nada en los puestos. Al bajarnos Juanfer los saludó con un “viva nuestro glorioso ejército Nacional” y a charlar se dijo. Luego de la requisada y la confrontada, vía Internet, de cada cédula; la cual, para desconsuelo mío, me devolvieron con la misma edad, volvimos a los mismos puestos. Ahora si, hágale que vamos es bajando.

En las partidas de Versalles hicimos una parada cafetera y técnico prostática de 5 minuticos, además para destensionar los músculos, porque de ahí en adelante se nos iban a volver con mas nudos que lazo de marinero, porque que hijuemama carretera si estaba peligrosa con el crudo invierno de los días anteriores, contrario a como estaba el sábado pasado cuando cubrimos esos mismos 12 kilómetros a pie. Había que ver algunos tramos, donde el precipicio nos llegaba al cuello. ¡Milagrosa bendita!

A las 9 y 15 llegamos a la vereda la Granja, 4 kilómetros antes de Montebello. Allí terminó el suplicio, por lo que como alma que lleva el diablo nos bajamos suspiro en mano y avemaría en boca de nuestro pomposo y embarrado GMC, que a esas alturas iba repleto de campesinos de la región, a quienes les dejamos el honor de seguir mirando las bondades de nuestra vecina, lo que le valió una despedida con “ultimas” y encima de matadita de ojo de aquel sabemos.

Entramos a tomar tintico a la agradable, surtida y típica tienda, donde no cabe un afiche más del Nacional, pero si la onceaba estrella, pero con malas noticias, porque el dueño y administrador parece que no le ha cogido la medida al café. Así que bien acompañados por dos soldados a quienes invitamos a compartir con nosotros, dimos buena cuenta de unas galletas cucas y de juguitos en bolsita.

A las 9 y 25, teniendo como fondo el aviso de los 26 kilómetros que nos separaban del Retiro, y la bendición de nuestra patrona, dimos el primer paso de nuestra caminata entre la vereda la Granja y el municipio del Retiro, por una carretera destapada, estrecha y que nos depararía unos paisajes como para envolver y llevar a casa.

Como ya vieron en la foto, teníamos 26 kilómetros de plazo para conversar sobre: la cumbre de Río y las caras que ponía el tal correa, la pasada al papayo, con mutilada incluida, de iván ríos, las virtudes y defectos de Baltasar Botero, las columnas de nuestros contertulios Elbacé, Raúlemi y Odominguez. Lo que se nos vendría encima en caso de no haber ocurrido los apretones de manos entre presidentes, así fueran acompañados con la mirada calibre 38 largo del mismo correa. El partidazo que se jugo Nacional frente al Sportivo Luqueño, todo lo relacionado con el capítulo único de la serie: “los reyes ya no somos así”, la desmenuzada de la tertulia del pasado primer lunes de marzo, la llegada a la misma de Jesús María Daniel Samper Ruiz y Palacio, alias sietenpunto, la tolerancia, la sabiduría de Uribe Vélez, la sabiduría de Uribe Vélez, (no se asusten, está por duplicado) la bajada del dólar, la subida del petróleo, los cambios en la cúpula de Empresas Públicas, que le pasará a Salazar que no arranca, las dotes de la vecina de bus ¡ah! y no podíamos dejar por fuera las juevoniadas de JuanCé, con el poema el Seminarista de los Ojos Negros, fina atención del Lobato. Eso si, los temas que no se pudieran tratar por falta de kilómetros, quedaban pendientes para la próxima caminata, y que conste en el acta.

No habíamos caminado dos cuadras cuando nos alcanzó Carlos Eduardo, un joven de la región, residente en la vereda San José, quien terminaba su trote sabatino, por lo que con sobre cupo comenzamos a deshojar metros, que en este primer trayecto son en pura bajada, y a tratar los primeros temas. Carlos, el nuevo, caminaba y oía la conversación; de vez en cuando nos hacía algún comentario sobre la región.

Mientras más bajábamos más metidos quedábamos en el enorme cañón, rodeado por enormes montañas, entre las cuales resaltaba la que sostiene a Montebello, el cual se aferra a la misma como garras de leona en cadera de cebra. La quebrada la honda hace su aparición, dueña ella de un buen caudal, que en un largo trayecto sería otra compañera más del grupo.

Al llegar al final del descenso, encontramos el puente sobre el río Tigre, sitio desde el cual eran lanzados por los paracos los cuerpos de las personas que ellos masacraban, siempre acusados como auxiliadores de la guerrilla. Nos contaba Carlos que esta zona estuvo azotada nueve años por esta clase de delincuencia, tiempo durante el cual atropellaron a la población civil y cometieron delitos inenarrables en esta crónica. Por fortuna desde hace varios años, tal vez cinco, volvió la paz a toda esa región y a casi toda Colombia.

A un costado del puente se encuentra el monumento más pequeño que hayamos encontrado, dedicado a la virgen del Carmen, quien hoy es la encargada de velar por la seguridad de viajeros y caminantes de esa otrora peligrosa vía, pero que hoy renace para darle posibilidad de trabajo a muchas personas que hoy vuelven a tener allí un techo y una ilusión de vida




Comienza el ascenso, que en sus inicios no es pronunciado. Esta zona es inestable por lo que ha dejado a varios campesinos sin vivienda, debido a las grietas formadas en las casas. Se presentan igualmente varios derrumbes, algunos de gran magnitud, que nos hacen acelerar el paso y pedirle a Juanfer que le merme volumen a su vozarrón.

La subida nos vuelve a mostrar a Montebello, ahora si en toda su plenitud. Como siempre, se destaca la iglesia, la que por su altura siempre saca la cara por todos los pueblos. Los cafetales a lado y lado de la carretera no se hacen esperar y con el rojo de los granos aparecen los palos de guamas, los platanales con sus enormes racimos, las gallinas que ni se inmutan por nuestra presencia, los yucales; mejor dicho, todo un sancocho en vivo y en directo.

Y que decir del muestrario de pájaros, comenzando por un par de hermosas soledades conversando como Tola y Maruja en la rama de un árbol, y siguiendo con una bandada de toches que disfrutaban de una amena tertulia en pleno cafetal y que con nuestra presencia desplegaron el vuelo para mostrarnos su negro plumaje y sus pintas color rojo, ratificando así que siguen siendo los chachos mas hermosos de la cuadra.

Mas o menos en la mitad del camino llegamos a las partidas para san José, allí nos despedimos de nuestro caminante ocasional Carlos Eduardo, quien, como mínimo, se empapó de la situación del país y del continente. Entrados en jurisdicción del Retiro aparecen nuevos horizontes. Atrás dejamos la divisa de Montebello y los cafetales, los cuales en esta zona son reemplazados por extensos aguacatales, cuyos frutos, en forma de bombillos verdes, hacen de cada árbol un árbol de navidad que perdura todo el año. ¡Feliz navidad muchachos!

Para alegría de Luisfer llegamos a la fonda Monte Verde, en donde aprovechamos para refrescarnos y deleitarnos con nuestra tradicional picada de chitos, a la cual le mezclamos papitas de limón. Esa fonda tiene un quiosco muy singular, construido por el mismo propietario, armado con ventanillas de buses chatarreados. Como era de justicia, a los de apellido Pilsen les toco de a par cervezas, porque a decir verdad el calor era intenso con ese día tan esplendoroso. No sólo nos refrescamos sino que disfrutamos el paisaje que se aprecia desde la terraza del estadero.

Reiniciada la marcha procedimos con el rezo del Ángelus, (12 y 15 el día) el cual fue interrumpido por un grupo de testigos de Jehova, ¡que tal! dirigidos por una hermosa rubia, quien nos entregó unos volantes de invitación a una celebración en la Ceja.

Mas adelante nos encontramos una colorida culebra cazadora que se deslizaba por plena carretera, pero que se hizo “la muerta” cuando sintió nuestra presencia, momento que quedó registrado en la oportuna cámara de nuestro polaroid Olaya. Esta culebra nos hizo recordar que tenemos pendiente por pagar la cuenta de los servicios. A propósito, que esta crónica sirva para recordarle a polaroid que debe hacer el reclamo por el exagerado valor que le están cobrando por el servicio de alcantarillado.

En algunos tramos de la carretera, no sólo de ésta, sino de muchas que transitamos, la vegetación nos proporciona frescura y sombra, por lo que Caliche, con su inigualable ingenio, nos dice: “muchachos, aprovechemos que el aire acondicionado natural lo pusieron en alto”, y en efecto, se quita uno la cachucha, respira profundo y siente como el aire frío crea un refrescante oasis. Y que decir del aroma cuando los árboles son pinos o eucaliptos. Definitivamente a sufrir no salimos.

Seguimos devorando los 9 kilómetros de ascenso hasta que llega la recompensa. En efecto, se nos presenta una hermosa cascada empotrada en la montaña, la cual no se ve en toda su magnitud debido a la espesa vegetación que la cubre. Para llegar hasta la cascada nos salimos de la carretera y caminamos quebrada arriba hasta que llegamos al sitio donde se aprecia todo ese caudal de agua, que baja raudo golpeándose contra el lecho rocoso, produciendo una sinfonía de naturaleza viva y un ambiente húmedo por las gotas en miniatura que por millones flotan en el aire. Como nadie nos supo dar el nombre de la quebrada que forma la cascada, o el nombre de la misma, la bautizamos “Sinfonía de Dios”. Nombre registrado en la notaría única celestial.

Salidos de este momento mágico, regresamos a nuestra carretera, para encontrarnos con el estadero los Guaduales, allí disfrutamos de más cervecitas y unas empanadas que iban cogidas de la mano de un ají señoritero que no les hizo ni cosquillas a nuestros catadores boquidragones de Luisfer y Juanfer. Estando allí se nos vino el aguacero, creo yo que como respuesta de la Milagrosa a la desatención por la rubia aquella cuando rezábamos el Ángelus; lo que nos obligó a ponernos nuestras capas plásticas. Así que en fila india y cual procesión de monjes camandulenses, seguimos carretera arriba buscando el alto.

Además de las fincas de recreo, los aguacatales, los hermosos pinares, los cultivos de flores, entre ellos los de hortensias, las cascadas y los bosques nativos, se encuentran algunas trucheras, de las cuales sobresale la que aparece en la foto, cuyas instalaciones dan la sensación de una amplia autopista gringa.

Cuando amaina la lluvia alcanzamos el alto. Allí fuimos saludados por un humilde campesino que regresaba a su casa montado en su yegua, llevando en el anca el bastimento para la semana. El viejo quien posó muy majo para la lente de Olaya, le preguntó después de la primera foto: ¿si quedé bien? (como de pellizco, diría Elbacé) expresión que le valió el último de los bombombunes.

Desde el alto se divisa el hermoso municipio del Retiro, con sus modernas urbanizaciones, sus bien trazadas calles y sus hermosos morros vecinos. Una cabalgata nos da la bienvenida, la cual es alborotada por Juanfer al ritmo de su arenga “Que viva Uribe” la cual fue copiosamente correspondida por los jinetes.

A las 4 y 25, es decir, siete horas después de haber dado el primer paso en territorio montebellanita, nos echamos la bendición en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, patrona de los 18.740 guarceños (tranquilos que yo también creía que eran retirenses) que disfrutan de un agradable clima, de la mejor agua aromática del oriente (pídanla en el quiosco) de su titina banda municipal, declarada fuera de concurso en varios eventos, de los amenos estaderos y de las tradicionales mueblerías. En su pequeño, pero hermoso parque, se encuentra, entre otros, el monumento a la libertad, inaugurado en diciembre de 2007.

Luego de conversar varios minutos con una atractiva y elegante guarda del tránsito, pasamos al restaurante la Silla, el cual tuvo el honor de contar entre sus comensales a los Todo Terreno, quienes despachamos en lo que dura una retreta de la banda del Retiro, cuatro señoras bandejas, con porción extra de papitas tal como le gustan a Olayita. Cuando terminamos nos dimos cuenta de que habíamos olvidado la foto de los platos, no obstante que el polaroid, con la curia del caso, había instalado su cámara en el sofisticado trípode que anda estrenando por estos días.

Hablando de estreno y antes de que se me olvide, porque de lo contrario “quien se lo aguanta”, ahí lo tienen exhibiendo el reloj Casio que se compró en la “venta directa de bus” durante la caminata anterior. Con razón en esta caminata le incluyó los segundos a la hora que nos daba


Del restaurante pasamos a la moderna Terminal de Transportes, en donde tomamos el bus que salía a las 5 y 45. Los diez minutos de espera los aprovechamos para seguir conversando, porque como casi no tuvimos tenido tiempo de charlar. Cuando el chofer metió la llave en el encendido, Olaya creyó que el asunto era con él y ahí mismo prendió sus motores somníferos. Claro que después de semejante madrugón, de tremenda patoniada y suculenta bandeja, que mejor que una siesta bajo el arrullador ruido del motor de un elegante Sotraretiro.

Luego de una hora por la ya conocida vía de las Palmas, llegamos al Intercontinental en donde se bajó el Zuluaga para tomar taxi hasta su casa; bueno, eso fue lo que nos dijo. Nosotros nos bajamos en la avenida 33, en donde Olaya tomó taxi y Juanfer y yo nos fuimos en metro hasta nuestras casas.

Para que no se queden pensando que quiere decir la letra “A” que le puse al nombre de la caminata “Sinfonía de Dios en clave de A” ésta se refiere a la sinfonía de Aguas y de Aguacates que por fortuna pudimos disfrutar, así fuera de pura vista, en esta dura pero hermosa y gratificante caminata.

Hasta la próxima

JORGE IVAN LONDOÑO MAYA

Para ingresar al álbum de fotografías de esta caminata, favor utilizar el siguiente vínculo:


http://picasaweb.google.es/joaco6161/Montebello_ELRetiro08_03Marzo