Caminata Titiribí - Sinifaná

REMANSO DE PAZ ENMARCADO ENTRE TRINOS, MARIPOSAS, MANGOS Y PAISAJE


Un cielo abigarrado en azul, blanco y plomo, con nubes de verano que no se querían ir, y con nubes de invierno que apenas llegaba para apoltronarse. Ese era nuestro marco superior, y en los cuatro puntos cardinales el verde durmiente entre la niebla del amanecer de nuestras hermosas montañas, para dar el feliz día a los caminantes Todo Terreno, quienes uno a uno fuimos desfilando para encontrarnos a las 6:40 am. En la Terminal del Sur, fin iniciar el viaje que nos llevaría a Armenia Mantequilla, punto de partida para nuestra caminata hasta el Municipio de Titiribí.

Luis Fernando Zuluaga Z, Carlos Olaya B. y Juan Fernando Echeverri C. dijimos sí a la cita. Lamentablemente, Jorge Iván Londoño M. y José María Ruiz P. estarían ausentes. El primero por una licencia no remunerada que le dimos como por tres mese y el segundo por asuntos de salud, es decir una quitada inoportuna.

“Éramos tres los caballeros” como en el poema, a lo que Zuluaga dice: “Muchachos, la caminata es larga y cansona, más bien busquemos otra”. “Arranquemos para el Pesebre de Antioquia”…dice Olaya. ¿Y qué tal Cerro Bravo? Dice Juanfer… ¿Saben que? “Vámonos para Titiribí” dice Zuluaga y allá veremos que se hace…va pa’ esa dijimos todos, e inmediatamente nos dirigimos a la Flota TRATAM a comprar los tiquetes.

Mientras estábamos en este menester, un señor que había ahí sentado en la oficina escuchando nuestro indeciso parlamento nos pregunta ¿van a pescar? No señor, a caminar, somos caminantes. ¡Ahhh! Que bien dice el metido a tiempo, les voy a recomendar una caminata bien bonita. Llegan a Titiribí, se bajan en el parque y salen hacia la Sinifaná, es hermosa y ahí preguntan la ruta que no tiene pierde. ¿Y usted la ha hecho? claro, yo también camino y la hice en cuatro horas.

Ni cortos ni perezosos los tres caminantes y mejores amigos, no lo pensamos más y luego de tomar tintico para aquellos y periquito tibio para Juanfer, nos vimos montados en un bus de Tratam, el cual volaba a ratos rumbo al suroeste paisa, esa tradición de café, carbón y arriería que tantas veces ha sido recorrida por los caminantes Todo Terreno y por diferentes carreteras, caminos y senderos, donde el paisaje es interminable y la caminería es una oración, que de botas y cayado mide pasos sin conocer fatiga ni dolor.

Lo ocurrente del caso fue que el conductor del bus era ese mismo señor que nos había recomendado la caminata, lo cual nos dio pie para que al llegar a Titiribí hacia las 9:05 am, en pleno parque Antonio José Restrepo, lo abordamos para que nos indicara como era la salida y el recorrido de la caminata, lo cual nos explicó en forma clara.

Con la cámara de Olaya atenta a todo movimiento, hicimos un recorrido por el parque de este muy atractivo y clásico municipio antioqueño, antes visitado por nosotros, lleno de café, historia, minería, trovas, espantos, arrieros y sueños de hombres grandes que han nacido en su suelo.


Muy bonito y aseado el parque con su forma de herradura. Arborizado, sometido a algunos arreglos y engalanado con los bustos de hijos preclaros de Titiribí, y en el medio, un hermoso pedestal que sostiene el busto del Libertador Simón Bolivar, pequeño, feo y deteriorado. A un costado, una especie de “Pietá” hecha en cemento, como para pone a correr al mismo Miguel Angel.


Luego dirigimos nuestros pasos a la iglesia de Nuestra señora de los Dolores, muy bonita y bien tenida, donde dimos gracias al Gran Creador y admiramos nuevamente el hermoso óleo de la Virgen pintado en 1795 por el Señor Benicio Muñoz, en Sitio Viejo, primer nombre con que se conoció el municipio en su fundación y cuando su cabecera quedaba un kilómetro más abajo.

Titiribí “remanso de paz del suroeste” fundado en 1775, debe su nombre al cacique Titiribí. En 1815 la cabecera fue trasladada al lugar que hoy ocupa. Sus fiestas tradicionales son las de La Copla que se celebran entre el 4 y el 8 de cada diciembre, en honor a los troveros que han salido de esa tierra como arroz y que rasgaron sus tiples desde los socavones de la mina del Zancudo hasta más allá de nuestras fronteras:

“Yo me vine de los Andes
por evitar la bebida;
me vine a Titiribí
qu’ es más grande la medida”.

(Como el asunto es largo y ya hemos registrado información más amplia sobre Titiribí en crónicas pretéritas, sigamos adelante que nos deja el arriero).

Con las almitas en paz y las barrigas en alboroto, ingresamos al Hotel y Restaurante Alaska 2, donde atendidos como nos merecemos, dimos en tres patadas buena cuenta de igual dígito de suculentos desayunos que nos fueron servidos, ya que nosotros no salimos a sufrir como dice Zuluaga, manjares que preferimos no describir, para no despertar suspicacias y comentarios de aquellos que piensan que no caminamos por comer.


Ahora sí. Palillo en boca, corazones contentos y ánimos encendidos, y siendo las 9:50 am, hora que como cosa rara coincidía con el reloj del templo, enfilamos cayados hacia el lugar que nos habían indicado para salir rumbo a la Sinifaná, bajando por una de las calles que encierran la plaza y diagonal a la iglesia, en medio de casitas muy bien conservadas y el infaltable saludo de los parroquianos, quienes a esa hora van a reunirse con sus amigos, a trabajar, a mercar o a matar el tiempo.


En pocos minutos fue quedando atrás la parte urbana para llegar a una especie de sendero medio empinado y adornado con liberales, mangos, San Joaquines y las típicas viviendas campesinas, con olor a oración, maíz pilado, humo de fogón y esperanzas que no se pierden, para darnos paso a la vereda de Otra Mina, donde el camino se destapa completamente como a nosotros nos gusta y todo acompasado con el trinar de los pájaros y las nubes de mariposas que revoloteaban a nuestro lado.


El día esplendoroso, un sol que apenas besa nuestros cuerpos, un paisaje de ensoñación, los cerros del suroeste a lo lejos, aguas, casitas, cultivos de fríjol, café y mangos, así como fértiles pastizales donde pastan hermosos lotes de ganado cebú y cruzado. Aquí en Otra Mina, que no se sabe si es una corregimiento con vereda o una vereda con corregimiento, encontramos algunos negocitos, viviendas junticas, gente que compartía y al fondo como queriendo interrumpir el camino, la pequeña y muy bonita iglesita de María Auxiliadora.

Hicimos un alto en el camino: Olaya y Zuluaga se quedaron en un negocio que hay a bordo del camino, ya que el primero se dedicó a filmar una avispa en pleno vuelo y ante la admiración del segundo de los mencionados.


El suscrito que había sacado unos cincuenta metros de ventaja sobre sus compañeros, se dirigió a la iglesita, la cual aunque cerrada, nos mostró en su fachada, una hermosa placa de mármol, homenaje al nacimiento del Niño Jesús y en la que define y aclara la virginidad de María como nunca lo había hecho nadie, el genial Salvo Ruiz, durante un enfrentamiento trovero con esa media pendejaita de Antonio José Restrepo “Ñito”, en una trova que ha dado la vuelta al mundo y que quedó plasmada en la lente de Olaya. Ahí la tienen.


Seguimos nuestro camino, tomando hacia la izquierda por un descenso algo pronunciado, enmarcado entre liberales, mata-ratón y árboles de mango cargados con la dulce fruta, amenizados siempre con el bello canto de los pájaros que abundan en aquellos parajes y el vuelo intermitente de las mariposas que en múltiples colores y tamaños, parecían querer detener nuestros pasos cual flores voladoras convencidas de su belleza.


Que día, que cielo, que paisaje y que cerros en lontananza, que cantidad de agua desprendida de las montañas y que riqueza la que encierran aquellas fincas y haciendas. Realmente estábamos felices y no lo podíamos creer. Esta caminata nos estaba resultando una de las más hermosas de todas las que hemos hecho y que conste que es la número 210, patoniada más patoniada menos y en eso coincidimos los tres amigos, quienes afirmamos que todo había resultado gracias a una quitada a destiempo y a un metido a tiempo.


Fotos y filmaciones, admiración del paisaje, gozo desbordado, experiencias y que país tan hermoso el que tenemos carajo y lo mejor de todo, poder recorrerlo a pata y sin temores, gracias a la Política de Seguridad Democrática de nuestro Presidente Uribe, la cual esperamos sea continuada por el próximo Presidente, agregando a la misma la cultura y la educación, sin bajarle a la firmeza.

Señores, las 12:07 pm es hora del Ángelus dijo Zuluaga y dicho y hecho, nos despojamos de nuestra gorra para entonar ese tradicional rezo que aún sobrevive en nuestros pueblos y continuar con nuestra marcha, convertida en un monólogo de paz y de belleza, enmarcado entre trinos, mariposas, mangos y paisaje y más contentos que gato estrenando alfombra.

Agua helada, bocadillo de guayaba de Vélez, Santander, granadillas y mangos maduros fueron nuestros alimentos en el camino. La cosecha de mangos es gigantesca y como tal, Zuluaga que se vuelve un gamín a la hora de coger frutas, no perdió su tiempo. Nos empetacó del delicioso fruto y hasta le dio para llenar su morral.

Sostenido nuestro paso e interrumpido por el saludo de algún arriero, parroquiano o belleza natural que llamase nuestra atención, como los cerros, cascadas, pájaros, gavilanes, flores, mariposas y cultivos, fuimos devorando kilómetros y veredas borrachos de tanta belleza y con un sol que ya si empezaba a azotar nuestras humanidades.


Mientras más andábamos por aquellos hermosos y solitarios parajes, más bello el entorno. Las cercas vivas de mata-ratón y liberales, eran interminables y se combinaban con las gigantescas ceibas piñón o de oreja y tachuelos adornadas de melenas y de pájaros que no dejaban de trinar. Más mangos, mariposas y al lado izquierdo esa culebra tendida y curveada de color marrón claro, nuestro hermoso rio Cauca que ya había empezado a acompañar nuestros pasos, mientras los cerros enclavados en el horizonte, se acercaban a nuestros pasos, con la presencia imponente del gran cerro Tusa y sus 1.850 m.s.n.m. que pareciera acariciar el cielo con esa giba que desde este ángulo se transformaba el vértice de su pirámide.

Quién creyera que esta maravilla de caminata fue casi que por accidente y sin buscarla. Aguas repetidas al lado del camino y las hermosas fincas y haciendas con sus casas lujosas, sus piscinas, sus jardines, sus potreros sembrados en imperial, King gras, braquiaria y maralfalfa que crece en estos lugares como por arte de magia y allá en el bosquecillo, el graznido de las guacharacas.

En la distancia no se divisaba aún La Sinifaná, ni siquiera la carretera. Habíamos caminado casi cinco horas, es decir lo que el conductor del bus nos dijo era mentira, o vuela o salvo que la hubiese hecho a bordo de su vehículo. Animitas del purgatorio y almita del Padres Calixto, patrono de los caminantes, que nosotros aparezcamos y no nos agarre la noche, por lo que era necesario acelerar el paso, además que empezaba a amenazar la lluvia.

El camino se tornó en ascenso, posiblemente el más pronunciado del recorrido, el cual luego de superado nos llevó a la vereda Hoyo Hondo, ahí en toda la cima del morro y en un sitio llamado El Ventiadero y es que allí sopla como para dar y convidar. De mi Padre haber conocido este lugar cuando fue Alcalde de Titiribí, con seguridad habría pedido la sede vitalicia del concurso mundial de cometas para el pueblo.

En un estadero existente en el lugar llamado El Ventiadero, por obvias razones, aprovechamos para tomar algún refresco aunque al clima. Eso sí, que paz, que belleza de paisaje y que vista, la cual dominaba cerros y más cerros a más de 180 grados a la redonda y con cerro Tusa siempre sobresaliendo por encima de todos. Un paisaje digno de revista, de película y de postal.


Reiniciamos camino en descenso y como a medio kilómetro había una casa donde vendían gaseosa y cerveza. Ahí si heladas. Que desquitada nos pegamos y que buena conversadora nos resultó la dueña del negocio. Hasta una siestica como de diez minutos me pegué en el lugar, considerando que la noche anterior sólo había dormido dos horas y media, además de venir sufriendo de una conjuntivitis que me tenía algo fregado, pero que con la sudada prácticamente se me había curado.

Nuevamente seguimos nuestro camino, siempre en medio de trinos y de mariposas revoloteando a nuestro lado y en pleno descenso , encontrando a nuestro paso una hermosa hacienda, llamada Hoyo Lindo, la cual era cruzada por el camino y cuyas instalaciones e infraestructura eran bastantes modernas, sus cerca y alambrados impecables, sus pastizales un lujo y sus hatos de ganado Cebú Braman perla, eran de exposición, esos que corrían ante nuestra presencia o se paraban junto a los alambrados a vernos pasar como asomados a un balcón.

Que árboles, que naturaleza, que inversiones, que sembrados y que caminata no nos cansábamos de repetir hasta la saciedad y volvernos intensos. Nuevamente el camino volvió a ser plano y mientras el sol declinaba su calor y sus rayos, fuimos ingresando en un ambiente totalmente diferente. Vegetación cerrada, un piso en muy buen estado, el Cauca dejaba ver su cara más cerca y al fondo una macha blanca en sus orillas, desentonaba en el paisaje: Bolombolo.

Hágale que es fiesta muchachón y no mire hacia atrás que se vuelve estatua de sal. Nuestro ritmo fue más acompasado y rendidor hasta que empezamos a escuchar ruidos de motores, a divisar las blancas orillas de La Sinifaná cargadas de arena, cascajo y piedra. La caminata estaba coronada prácticamente y bajita la mano eran entre 26 a 27 kilómetros de recorrido, luego de seis y media horas de manija.

Llegamos a la carretera principal, ahí en el puente sobre nuestro objetivo y torciendo hacia la izquierda buscamos un estadero cercano. Sí, El Estadero y Restaurante La Amistad, donde cansados pero felices nos sentamos y amablemente fuimos atendidos.-

Teníamos más sed que hambre. Los tres caminantes pedimos bebidas que repetimos y Zuluaga manifestó no querer nada de comer. Olaya y Juanfer si pedimos algo pequeño y liviano que no es del caso referir y compartiendo con la familia propietaria del lugar y entre nosotros renovando y contando los agradables sucesos de esta muy hermosa caminata, digna de repetirse, especialmente para que nuestros compañeros ausentes: Jorge Iván y José María tengan la oportunidad de hacerla, morrales a la espalda y cayados a discreción, abordamos un bus que nos paro y que tenía como destino Medellín.


Raudos enrutamos hacia la capital de la Montaña, mientras a nuestra derecha, el Cerro Tusa parecía querer viajar con nosotros, ya que iba parejito y por buen trecho, acompañando nuestro regreso a casa, el cual gracias a la Divina Providencia fue totalmente feliz y sin contratiempos.

La próxima semana no tendremos caminata por motivo de elecciones presidenciales, pero con el superior permiso reanudaremos las mismas en Junio 12, posiblemente con Colombia con vocación de girasol (Helianthus annus) y con nuevas esperanzas, pero en las gargantas y en la memoria un ¡Dios le pague Presidente!

Juan Fernando Echeverri Calle

22 de MAYO 2010

Caminata por los Cerros Tutelares del Cármen de Viboral

Por los cerros de El Carmen de Viboral. 15 de mayo de 2010

Esta semana estuvo bien movida; Juanfer viajaría a Cali, Lobato fue hasta que nos pasó la lista de sus motivos para abandonarnos a nuestra suerte, y no nos decidíamos por qué camino coger ese sábado 15 de Mayo. El mismo Lobato nos sugirió que nos fuéramos a los cerros tutelares de El Carmen de Viboral, pero que no nos acompañaría.

Nuestro habitual contacto es por correo, pero ya era viernes y todavía no decidíamos. Juanfer se fue a Cali. Y claro, como no tiene celular, era como tener a la mamá, pero bien lejos. El caso es que el viernes a eso de las 6 de la tarde, Zuluaga me llama y me dice: Vamos para El Carmen y nos encontramos a las 7 am. En la estación Caribe de la Terminal del Norte junto a la Milagrosa. Ya Olayita confirmó el madrugón y ahorita llamo a Juanfer. Todo listo.

Era viernes y como poeta y rumbero que se respete, el viernes es cultural. Pero claro; el deber llama. A las 6 am estaba en pie y a las 6.30 salí rumbo al Metro. Por esas cosas de la vida, llegué 5 minutos después de la hora fijada, pero no importa, el próximo bus hacia el Carmen de Viboral, saldría a las 7.30 am. Con los tiquetes en el bolsillo, nos fuimos a nuestro habitual rito del perico con medio buñuelo en una de las cafeterías de la Terminal. Para Juanfer es con leche tibia, porque si no se quema el piquito y misiá Piedad no se lo perdonaría.


A las 7.30 am en el reloj despachador y a las 7.35 am en el del vehículo, salimos raudos, rumbo a la tierra de la loza artesanal y del poeta José Manuel Arango. A eso de las 8.45 estábamos en el amplio parque principal, ahora acondicionado con señal wifi gratuita de Internet para los usuarios por la Administración Municipal.


Un aplauso para ellos. Pero se los retiro por el deplorable estado de abandono en que se encuentra el homenaje al Libertador Simón Bolívar en el mismo parque. Pareciera que un pueblo tan avanzado en tecnologías, no tuviera dolientes ni amantes de la conservación de la memoria histórica del país, ni respeto por los símbolos patrios.


Visitamos el templo como tantas veces lo hemos hecho, y aún así no dejamos de admirar la magnificencia y sobriedad del recito y la estructura modernista de sus acabados. De ahí, salimos a buscar desayuno y primó lo malo conocido que lo bueno por conocer; nos fuimos al restaurante “la Frisolera”, conocido de vieja data por los TTs. y cuyo dueño, es caminante también aunque nunca ha salido con nosotros. Abundantes raciones de Huevos revueltos, Calentao e hígado frito para Zuluaga, un tamal que taba mal de sabor al pie de otros que conozco y arepa con quesito y chocolate (otra vez tibio por favor) para tutiri mundachi; amén.


Siendo las 9.45am –diría Lobato- dimos inicio a la caminada. Juanfer se llevó una arepa con quesito que nos sobró y decidió regalarla a algún mendicante que se encontrara. Una señora a la que se la ofreció, se la rechazó con el argumento de que la quería envenenar como a las monjitas aquellas… El caso es que nadie se la quiso recibir, a excepción de un cánido négrido, lánguido, escuálido y cójido para más. Agradecidísimo el Juanfer con el avechucho ese con cara de perro, nos alejamos. Ya casi en las afueras del pueblo, nos encontramos una capillita en la que se destacaba un cartel anunciando que don Isaías había colgado la lira y ahora estaba estrenando estuche de madera para luego ser pasto de las llamas o de los gusanos. Cosas de la vida.


Llegamos a un entrecaminos y empieza la lucha de cada sábado: ¿Cuál es la ruta a seguir? conseja va, conseja viene, pregunte aquí, pregunte allá y a la final coja para donde mi Dios les indique, porque siempre nos dan información tergiversada. Claro que aunque ya el Lobato tiene disculpa cada semana para no acompañarnos, por lo menos nos manda con su tocaya y ella nos lleva con bien, aunque a veces se hace la precisa. Tomamos camino arriba por una calle adoquinada y de pronto nos vimos metidos entre cultivos agroindustriales de Hortensias y Frisoleras en crecimiento variado. Muchas casitas variopintas y de épocas diferentes bordeaban el camino.

Al poco rato ingresamos ya a zona rural y nos encontramos a un campesino de esos saludables y saludadores; le preguntamos lo habitual: ¿Este camino nos lleva hasta el morro “Bonifacio”? y nos contesta con una sonrisa de oreja a oreja: Si los lleva, pero no se sienten, que el camino los lleva, pero caminando…


En medio de la recocha por la parrandiada que nos pegó el señor, de pronto nos vimos otra vez en una bifurcación. La norma dice y la repite Juanfer: “Por el más entierrao mi don” y por ahí nos fuimos y terminamos en una casita llena de perros de todas las razas y tamaños y una dueña amabilísima que nos encaminó en la ruta de nuevo. Suena el celular de Olaya y era el Lobato que se oía como con remordimiento por no acompañarnos, pero nos encomendó a su tocaya y se fue a sus menesteres, no sin dedicarnos unas palabras.


Más adelante, nos encontramos a un joven con una red cazando insectos; era un estudiante de Entomología de la U de A que iniciaba su colección de bichos. Lo dejamos e iniciamos el ascenso al “Bonifacio” que por el lado que lo atacamos más parecía una segunda versión del ascenso al “Cerro Tusa” por lo empinado y lo resbaloso. Háganse de cuenta un tobogán de pantano y hojarasca, pero hacia arriba era el camino; sin embargo y a pesar de que casi me devuelvo, logramos coronarlo sin mayores contratiempos, aunque con la pérdida del celular de Olayita, que pronto recuperó, pero a costa de bajar unos 30 metros por el susodicho tobogán y un timbrazo de Zuluaga para ubicarlo.


De claro en claro lográbamos ubicarnos espacialmente y siempre tuvimos el pueblo a nuestra derecha. Por entre la rastrojera circundante íbamos por el sendero alfombrado de hojarascas de diferentes especies y con una consistencia de colchón en algunos tramos, lo que nos alegró mucho por lo bien conservado del entorno y la protección que se le ha brindado contra los depredadores de la vegetación.

En un descansito del camino y ya sobre la cima, escuchamos un coro como de monjes benedictinos cantando Gregorianos. El corito decía: Quién crea a Lobatón, no camina hasta Diciembre…Decía una voz grave, grave: Vigésima cuarta estación: Lobato se disculpa por enésima vez… Y reinicia el corito: Quién crea en Lobatón, no camina hasta Diciembre… No pudimos ver quiénes eran los monjes cantores; a lo mejor eran los monjes de San Bonifacio; al fin de cuentas estábamos en sus dominios…


Reiniciamos el camino, pero ya hacia abajo en busca del morro de “La Cruz”, siempre por entre el montecito o bosque secundario, ahora lleno de todo tipo de especies vegetales, especialmente orquídeas silvestres, bromeliáceas, helechos, bejucos y muchos pájaros diferentes, que no se dejan ver mucho, pero inundan el monte con sus cantos. Entre los avechuchos del monte alcanzamos a distinguir y a escuchar cantando al “Juanfleridus obispus canoro”, pero luego nos dimos cuenta que era el mismísimo Juanfer silbando y cantando de la alegría de ver tanto paisaje junto.


Llegamos al morro “La Cruz” adornado con dos grandes cruces de madera, una de ellas con tablas clavadas a los troncos que la conformaban, para darle más tamaño y visibilidad desde el pueblo y adornada con grafitis y mensajes de caminantes. Juanfer dejó su cuota también en representación de los TTs.

Al reiniciar el camino, el guía que era Zuluaga nos enrutó por un senderito en descenso que supuestamente era la ruta a seguir. Ya era decidido que la ruta era hacia abajo para regresar al pueblo, pero no contábamos con que había tantos caminos, que escogimos el que no era. Nos dimos cuenta, cuando ya habíamos empezado a ascender de nuevo y aunque había camino y bien demarcado, no era conveniente alejarnos más del pueblo. Un árbol caído sobre la ruta nos hizo reflexionar y decidimos volver sobre nuestros pasos hasta la cima del morro “La Cruz”, o hasta donde nos lo indicara algún otro sendero hacia abajo.


Justo terminando de bajar lo que habíamos subido, encontramos un sendero directamente hacia abajo, pero con un alto grado de dificultad, por lo que de nuevo nos sentimos como bajando de “Cerro Tusa”, con mucho cuidado y despacio. Unos huevos de alguna especie de rana fue la nota de mostrar en este nuevo rumbo; estaban enracimados y pegados del capote de musgo en un árbol caído y en descomposición.


Por fin salimos a campo abierto. Abajo, una casa campesina con un maizal recién cosechado, unos muchachitos y un montón de perros que tan pronto nos sintieron empezaron un concierto de ladridos que nos amedrentó, pero continuamos la marcha hacia abajo. Ya “al gritico” de los muchachos les preguntamos por el camino hacia el pueblo y como cosa rara, no supieron darnos una explicación clara para nosotros del asunto en cuestión, por lo que seguimos falda abajo hasta divisar una carreterita entre los sembrados, a la que nos dirigimos, siempre cautelosos con los perros aquellos del concierto. Nos metimos a los sembrados y pronto estábamos en la carretera que unía varias fincas. Fuimos bajando y saludando al que nos encontrábamos, menos a un perro que se nos apareció de repente. Suena un celular y adivinen quien era…Si, claro; la Coneja que no nos abandona y todos los sábados saca tiempo para acompañarnos en la distancia y sin falta. Seguimos adelante y más abajo un señor arreglaba la carretera. Lo saludamos y mientras conversábamos con él, el perrazo se nos arrimó a saludarnos y resultó más manso que un cordero.


Muchos recovecos de carreterita y por fin llegamos a una como “principal”. Una muchacha que pasaba nos orientó y cuando le preguntamos por una tienda, pues casi nos llevó hasta ella. Juanfer había empezado a mostrar cojera desde hacía rato y ya estábamos como preocupados.

Nos llegamos a la tienda y ahí estaba doña cervecita, pero al clima, lo mismo que las gaseosas. La única opción era hielo y tocó. Entre charla y charla con el dueño del chuzo, le preguntamos por transporte y finalizamos en que su hijo nos llevaría hasta el pueblo. Juanfer insistía en que podía caminar, pero ya teníamos la experiencia con el Lobato. Aceptamos el transporte en un Renault 9 viejito pero bien tenido y con un muchacho de esos conversadores como chofer, que nos llevó a punta de carreta hasta el Carmen de Viboral. Juanfer es un mudito tierno al pie de este muérgano.

Ya en el parque, fuimos a averiguar por el transporte, que resultó mejor de lo esperado: busetas cada 10 minutos hasta bien tarde. ¡Qué maravilla! Nos metimos a una salsamentaria a saludar a doña Cervecita y Juanfer a su tan querido “míster tea”. No teníamos afanes; eran si acaso las 3.30 pm. No nos gustó la temperatura de doña club Colombia y nos fuimos a buscarla a otra parte.

Regresamos al parque y en uno de los negocios pedimos ración de lúpulo y cebada para 4, porque hasta don Juanfer renunció al don “míster tea” De aquí nos echó el “mono Jaramillo”, por lo que nos pasamos al otro lado del parque junto a la alcaldía. El olor del café recién colado es más atractivo que cualquier águila aguamasienta. Tres cervezas y un tinto sin azúcar.

El desfile de mujeres bonitas por el lugar nos hizo olvidar el cansancio y la conversa en la que se involucró hasta un parroquiano “medio jalado” terminó por hacernos amañar de tal manera que a las 5 pm apenitas empezamos a considerar el regreso a Medellín.

Nos fuimos a la flota y a las 5.30 pm salimos de El Carmen de Viboral rumbo a la veya biya. Antes de las 7.30 pm ya estaba bañadito y viendo perder a mi “Poderoso” y ganar al Verde de un amigo que reniega toda la semana de él.

José M.

Video de la Caminada

Caminata San Antonio de Prado - Belén Aguas Frías

SINFONÍA DE VERDES SIN GUANDOLO.

Ya eran bastantes sábados que por cualquier motivo no caminaba con los TTs. Pero bueno, siempre habrá sábados para invertirlos en compañía de ese grupo que por disparejo es que se logra mantener cohesionado a pesar de los diferentes inconvenientes para no estar todos juntos en algunas ocasiones. Entre los 5 miembros no hay dos ni medio parecidos en manera de ser, en creencias, política, futbol etc. etc. Siempre habrá divergencias, pero en el placer de caminar y hablar cháchara a 10 manos estamos unidos y sobrados de lote. Se camina y habla a 5 lenguas por km recorrido.

A las 7 am a la estación Itagüí fuimos llegando, ellos en el Metro y yo caminando desde Sabaneta; el efusivo saludo para el caminante pródigo como el hijo aquel, un tintico y llegó la buseta que nos llevó hasta el parque del Corregimiento San Antonio de Prado de Medellín.

Reseña de Wikipedia

Las tierras del actual San Antonio de Prado fueron divisadas por Jerónimo Luís Tejelo en misión enviada por el mariscal Jorge Robledo cuando se encontraban en tierras de Heliconia en busca de sal. En esta misión se descubrió la Quebrada Larga, en el sitio que hoy conoce como el Alto El Barcino, divisando tribus de Los Nutabes y el hermoso y fértil Valle de San Bartolomé, nombre impuesto por él a esta extensión de tierra que hoy es la ciudad de Medellín.

San Antonio de Prado, comienza su desarrollo en la época de la Colonia, en 1860 se estableció en Prado el señor Felipe Betancur quien repartió estas tierras entre sus hijos.

En 1903 mediante Ordenanza se creó el municipio de san Antonio de Prado, segregando territorio del municipio de Itagüí. El cual tuvo una duración de aproximadamente 4 años y luego pasó a ser Corregimiento de Medellín. El 14 de octubre de 1918 se realizó el IX censo de población, contabilizando un total de 2.913 habitantes, indicando con ello el aumento demográfico alcanzado.

Para el período comprendido entre 1920 y 1940 la vida económica de San Antonio de Prado estaba dada por arrieros y comerciantes de tabaco, aguardiente y una extensa actividad extractiva de maderas.

La industria y comercio de Medellín e Itagüí provocó un desplazamiento de la población rural hacia el casco urbano del corregimiento recuperando y restaurando muchas de las viviendas para ocuparse en las actividades recién creadas. Más tarde en la década del 50, el corregimiento recibe una amplia corriente migratoria de poblaciones vecinas.

En 1960 el crecimiento de la vivienda urbana se incrementa. Mediante el acuerdo No. 052 de 1963 se definió la sectorización del Municipio de Medellín y en el se establecieron las áreas urbanas, semi-rural y rural, conservando los límites que establece para el Corregimiento la ordenanza que lo creó en 1903.
La definición del perímetro urbano de San Antonio de Prado ha estado sometida a modificaciones que han incidido en el proceso de expansión del área urbana sobre área rural y de hecho sobre el incremento de las actividades urbanísticas de la población que estas atraen. Como expresión de esta tendencia, el acuerdo No. 018 de 1983, amplio el área urbana del corregimiento incorporando en ella, los nuevos núcleos poblados de Pradito y El Vergel.

Ya en el parque, visitado varias veces por los TTs, nos llegamos hasta la cafetería que queda a un costado de la Corregiduría, una hermosa construcción republicana, que por cierto es vigilada por unos acuciosos agentes del orden que no permiten que sea fotografiada; vaya uno a saber porqué…

Café con leche (tibia por favor) ají con pastel de pollo y pastelitos de arequipe fueron el frugal desayuno de los 4 del camino, porque el Lobato tenía compromisos familiares ineludibles. Aunque a veces nos sentimos como rebaño sin pastor, ahí nos defendemos para no hacerlo quedar mal…

Dado por terminado el festín, tomamos rumbo a la ruta que nos llevaría hasta la terminal de buses de la ruta Belén Aguas Frías. Pero primero y como siempre nos ocurre, le preguntamos al primer “Perico de los palotes” que nos aparezca a mano, cuál sería la ruta indicada para llegar a nuestro destino. Ni siquiera teniendo los mapas a mano, hemos optado por seguirlos sin preguntar; nos fascina que a cada parroquiano que le preguntemos nos de una ruta diferente.


Corridas las amonestaciones de rigor, nos enrutamos hacia abajo, a buscar el cauce de la quebrada que abajo, ya en Itagüí, toma el nombre de “Doña María” pero en sus orígenes se llama “Quebrada Larga” Una carreterita vecinal pavimentada bordeada de casas de recreo, otras de vivienda corriente, algunos ranchos y casa fincas con vacunos y caballares. En una de estas, con su establo rudimentario nos encontramos a una orgullosa mamá yegua con su potrillo de pocos meses. El chico salió a ver quien le interrumpía su desayuno y cuando vio que éramos unos viejitos recochudos, resopló y regresó a sus menesteres alimenticios de la mañana.


Pronto estábamos bordeando la quebrada y traje a mi memoria a un viejo amigo de juventud, que por cosas del destino terminó metido en el lado oscuro de la fuerza y fue “desaparecido” por estos lados hace muchísimos años, cuando esto eran potreros y breñales inhóspitos. También recordé que detrás de una novia de estos lados, acampamos alguna vez a la orilla de la quebrada un fin de semana muchos años atrás. Es lindo recordar…


Hechas las remembranzas, nos dedicamos a disfrutar del paisaje tachonado de construcciones de diferentes estilos y presupuestos; estaderos, trucheras, finquitas de recreo, alguna institución educativa y mucho tránsito de motocicletas y automóviles que alguna vez, ahora 25 o 30 años fueron último modelo y ahora sirven para transporte veredal.


La quebrada siempre a nuestra derecha, en algunas partes estaba adornada con rocas de gran tamaño y revenideros que alcanzaban a mostrar la magnitud de alguna de sus muchas crecidas invernales y de los estragos que sería capaz, si no se le respeta y cuida su cauce natural. Un “estadero” ostentaba como adorno una descomunal herradura que hace imaginar a Juanfer el tamaño del caballo al que pertenecía. El de Troya era chiquito al pie de la herradura de este. Un poco más adelante, volvimos a los Suramericanos de Medellín; Las ventanas de una de las casas del camino eran del mismo material, color y diseño de ese tan bonito que hacía las veces de paredes de los escenarios deportivos. ¿De dónde salieron? ¡Vaya uno a saber!


A medida que avanzábamos, el terreno se iba despoblando; ya las casitas y las fincas eran más campesinas y a ambos lados, la ladera de la montaña mostraba potreros divididos con cercas eléctricas para racionalizar su uso con el ganado vacuno, lo que indicaba la presencia de hatos lecheros industrializados. Ya había las pequeñas construcciones en las que los tanques de enfriamiento de leche eran la nota predominante. La carreterita, aunque algo maltrecha por tramos, seguía quebrada arriba, hasta que un puente nos condujo al otro lado. Empezaba aquí la falda para ascender al alto de “El Barcino” y al “Pico Manzanillo” dos de los cerros tutelares del “Valle del Aburrá”


Desaparecen las casitas semiurbanas, pero empiezan a aparecer las rurales de las fincas ganaderas y de las fincas con vocación agrícola, sobre todo de Cebolla de hoja larga o de rama que llaman “Junca” (Allium fistulosum Linnaeus) Algo de tomate de árbol también había. Se abre el paisaje y el verde en todos los tonos predomina en un festival de paisajes que embriaga y reconforta. Hatos ganaderos de predominancia Holstein, lecheros por antonomasia pululaban por las laderas. El ascenso es suave y conversadito, conversadito llegamos a un punto en que ya se divisa San Antonio de Prado y parte sur del “valle del Aburrá”; desde aquí pudimos darnos cuenta de la magnitud de la contaminación dentro de la cual vivimos y morimos un poco a diario. Una mancha ocre sube desde el fondo del valle, afeando el paisaje lejano.

Juanfer y Zuluaguita ya habían hecho el recorrido, pero en sentido contrario, por lo que en más de una ocasión tocó invocar la ayuda de la tocaya de Lobato, personificada en algún campesino y esta vez en un vigilante de un escuelita rural, ante la bifurcación del camino. Estábamos cerca de la cima.


De pronto nos vimos caminando por plan y divisando todo el vallecito de la cuenca de la “Quebrada Larga” o “Doña María” y al otro lado de la montaña, la carretera que lleva a Armenia Mantequilla y Heliconia, pasando por el alto de “El Chuscal” Todo verde en todos los todos posibles y muchas casitas colgadas de las laderas. No metimos a un bosque de pino “Pátula” y por un momento nos detuvimos a escuchar el viento cantando por entre las ramas.


Se abre el paisaje al frente y abajo ya se divisa por entre la bruma ocre de la contaminación y las copas de los árboles, el centro de la ciudad de Medellín. Iniciamos el descenso y llegó a colación un tema en el que sí estamos conectados todos los TTs.; la Coneja que está como perdida hace días… Suena un teléfono y adivinen quien era… 3 veces se interrumpió la señal por las estribaciones del camino y 4 veces llamó hasta que logró hablar con cada uno de nosotros. Ha estado muy juiciosa y alimentando las ganas de venirse de nuevo de paseo, como lo hizo hace poco. Por aquí la esperamos como TT honoraria y en ejercicio cuando quiera salir a caminar con nosotros.


El valle se fue abriendo más y la carreterita que hasta la cima era destapada, de pronto resultó pavimentada en cemento rizado y piedra de agarre con sus “obras de arte” bien organizadas. Parecía entrada a finca de presidente… Le están trabajando por tramos y en diferentes tipos de pavimentos, quien sabe porque razón; pero lo importante es que le están metiendo mano. Esta vía está proyectada como “Circunvalar” que rodearía el “Valle del Aburrá” por las montañas circundantes y acercaría mucho los diferentes puntos de nuestra geografía urbana y semi-rural.

Ya más abajo, un joven sin camisa y con una 2 litros de gaseosa en la mano, subía trotando. Al vernos se detuvo. Hizo algún tipo de seña a otros que venían detrás un poco más abajo, lo que nos alertó. Llegamos hasta donde se detuvo y lo saludamos sin prevención y el hombre se notó más tranquilo y los otros dos chicos y un niño que los acompañaba, nos acompañaron a hacer chanzas. Uno de ellos levaba una gran olla entre un costal. Un poco más abajo, 4 jovencitas subían también. Era programa con sancocho.

Muy empinada la carretera. Rastrillones en la vía mostraban la dificultad con que subían los carros y la bajada golpeaba sin piedad las rodillas de los TTs, ya de por sí viejitas y maltratadas. El paisaje era parecido en algo al del otro lado, pero sin vacas. Mucha cebolla sí, lo que hacía parecer el paisaje como una colcha de retazos en verde y tierra.


Llegamos por fin a la terminal de transportes de Belén Aguas Frías. De aquí tomaríamos bus hasta el centro, pero decidimos buscar primero a doña Cervecita. Un poco más arriba la encontramos acompañada de pasteles cuadrados y triangulares de arequipe y guayaba y una señora muy atenta que nos abrió la reja de su tienda como si nos conociera de toda la vida. Por supuesto Juanfer pidió “Míster Tea” y se conformó con del que hubiera. Unas galleticas ponderadas por Juanfer como exclusivas de “Mamá Inés” completaron el menú. Terminado el refrigerio, abordamos una buseta para el centro y en dos pedalazos estábamos en la estación Industriales; ahí cada quien pegó para su casita y hasta luego.

José M.