CAMINATA EL SANTUARIO - EL PEÑOL

Fecha: sábado 24 de mayo de 2008

Caminantes: Luis Fernando Zuluaga Zuluaga, Juan Fernando Echeverri Calle y Jorge
Iván Londoño Maya

Duración: 5 horas

Nombre: Marcando con el CINCO

Con la “mamada” del Polaroid Olaya y José María Sietenpunto Ruíz, el nuevo aspirante a caminante Todo Terreno, quien anda güete en el período de prueba, y nosotros también, ambos debido a sus obligaciones laborales, las cuales obviamente priman sobre la inconformidad de Juanfer, nos reunimos el trío restante para conformar quórum en la Terminal de Transportes del Norte, a la cual llegamos con casi quince minutos de anticipación, ahorro que nos permitió comprar los tiquetes para la buseta de las “sietenpunto” rumbo a El Santuario, dominio de los Zuluaga, y en donde falleció el General de División José María Córdova.

Los cinco minutos de recreo que nos quedaban los utilizamos para tomarnos el tintico acompasado con casquito de buñuelo, como para no dañar el tamal que nos esperaba para el desayuno de rigor, y para que Juanfer le devolviera el anillo a la taquillera, quien se lo había “regalado” por un ratico, cumpliendo así los deseos del galante de turno, quien no pierde tiro.

Bien acomodados en las sillas traseras, y haciendo uso del compartimiento especialmente diseñado para acomodar morrales y cayados de caminantes, nos enrutamos por la, ahora si, bien llamada autopista Medellín – Bogotá, la cual no se ha escapado de la ola invernal y nos dejó ver sus huellas en un tramo de casi una cuadra de largo.

A las 8 pasadas de una agradable mañana, presentamos credenciales y padrenuestros en la iglesia parroquial de nuestra señora de Chiquinquirá, en la cual se oficiaba la santa misa con nutrida concurrencia. Luego de disfrutar la vista que ofrece la plaza mayor José María Córdova con sus tradicionales araucarias, sus surtidos almacenes, misceláneas y tiendas mixtas y los bares que a esa hora despachan tintos a dos manos, pasamos a manteles al restaurante El Turista, en donde somos “distinguidos” por sus propietarios.

El pedido fue unánime: tres desayunos con tamal, arepa y chocolate, mas una canastada de buñuelos santuarianos para ir sacando. El tamaño del tamal, que entre otras, ni punto de comparación con los de Elbacé, lo redujeron, así como la cantidad de papa, además la arveja y la zanahoria brilla por su ausencia como si hubiera que importarlas del Cánada, o sea que ahora si es un verdadero ta´mal. A punto de retirarnos llegó una familia compuesta por la mamá, tres hijos y la abuela, la mas pequeña que puede tener un año de edad, la bautizaron con el nombre indígena de YERLISYURLAI, y todos tan contentos.

A las 8 y 40 nos despedimos por quinta vez de la cuna de Montecristo, a quien se le rinde homenaje en el museo que guarda buena parte de sus pertenencias, trofeos, fotos placas, etc. para tomar la ruta que nos llevaría a la vereda La Bodega. La carretera destapada aparece a las pocas cuadras de la plaza, a la cual llegamos no sin antes escuchar al veterano vendedor ambulante, quien armado de maletín y un altavoz pregona la venta de la famosa pomada chuchuguasa la que sirve hasta para curar cuerdas levantadas, reumatismo, vientos encajados, nacidos y paperas; hay quienes juran que sirve hasta para el mal de sambito.

Esta es la tercera vez que hacemos la misma caminata, porque teníamos dos motivos bien concretos, primero ver nuevamente el paisaje de la represa y la piedra, espectáculo reservado para caminantes y campesinos de la región y segundo para conocer la réplica del viejo Peñol que se construye en las afueras del nuevo. Así que cada metro lo conocemos como la espalda de Luisfer, quien siempre va adelante.

El primer kilómetro lo despachamos con una corta oración en el hermoso altar de la virgen de María Auxiliadora, tan bien cuidado y conservado como la misma represa. Como siempre, la conversación encuentra en nuestras caminatas su mejor morada y los temas se desgranan como si fueran padrenuestros y avemarías del santo rosario, sin limitaciones de entonación y volumen, porque la palabra campea desnuda por entre bosques y sembrados. Que libertad, que privilegio, que gozo.

Aparecen los sembrados de hortalizas, leguminosas y legumbres que convierten a la tierra en un extenso tejido de croché de variados sabores, colores y formas; como ese sembrado de fértiles repollos captado por la lente de Luisfer. Muy cerca de allí se desprendió un pedazo de barranco, dejando al descubierto la fertilidad de la tierra abonada, por lo que dijimos: a bueno costales para llevar de esta tierra.

Los bombombunes tienen en esta caminata clientela fija y conocida, lástima que en la primera casa, donde siempre salían cuatro hermanitos en plena algarabía, estaba cerrada, así que los bombones de estos clientecitos les tocaron a los pasajeros de una camioncito familiar que nos alcanzó, al cual lo hicimos parar como si fuera un reten para endulzarle el pesado viaje las pasajeras de atrás, en donde había de todas las edades. La dulce mercancía se nos agotó en una humilde casa habitada por cuatro hijos, la mamá y el papá que a lo mejor andaba jornaliando.

Muy cerca de allí está la finca del amigo que siempre nos recibe con amabilidad y con la frase: “a bueno tener tiempo para caminar con ustedes”, el hombre, que tiene un bigote que se lo quisiera Horacio Serpa, tiene allí su buena tierra, una casa amplia y agradable, su aprisco (crédito para Juancé) con buena cantidad de cabras, lago, y variedad de animales. El hombre por estos días andaba enfermoso, lo cual inmediatamente se refleja en su rostro; así mismo, para completar el cuadro, su mujer anda por Medellín hospitalizada, o sea que al hombre le cayeron las plagas juntas.

A mitad del camino llegó la tan anhelada curva, la cual nos sabemos de memoria, porque desde allí aparece nada menos que el horizonte inundado por la represa, la piedra del Peñol y el valle sembrado de fincas, iglesias y escuelas veredales, quebradas y bosques, todo confundido en una hermosa vista que pocos tenemos el privilegio de observar y admirar.

Comienza entonces el suave descenso, hasta llegar a una Cruz, en donde el camino se bifurca: a la derecha para Guatapé (caminata que ya hicimos) y Granada (caminata que no haremos) y a la izquierda para el Peñol. En ese punto hicimos la primera parada en la fonda atendida por una amable y conversadora señora.

A las dos cuadras encontramos el sembrado de moras de castilla que siempre nos proporciona sabrosos ejemplares, pero que esta vez hallamos sin cosecha por lo que nos fuimos con las manos vacías y sin la mancha que nos deja este fruto en las manos. En este tramo los efectos del invierno se notan más, porque muchos barrancos se han venido abajo; así mismo, la creciente ha dejado la huella en la carretera y en las quebradas que arrastran enormes piedras. Hablando de quebradas, esta caminata está dotada de hermosas cascadas que con su canto del agua contra las rocas engalanan el ambiente. Y que decir de la variedad de pájaros, con la soledad encabezando la lista, una de las cuales se almorzaba un enorme cucarrón sin inmutarse por nuestra presencia.

Suena el celular y se reporta Olayita, primero para saludar y segundo para contarnos que todo indicaba que el chusmero tirofijo había tirado la toalla, como quien dice, otra buena noticia como la que nos dieron aquel primero de marzo cuando íbamos rumbo a Montebello y que nos avisaron en pleno movimiento, que es lo importante, el jaque mate al chusmero reyes. Noticia que justificó el brindis así fuera a punta de gatorade, granadillas y mandarinas.

En medio de los comentarios sobre la noticia, llegamos a una casa campesina al borde de la carretera, donde estaban ordeñando una vaca, por lo que preguntamos si nos podían vender tres postreras, pedido que con la amabilidad de nuestros campesinos fue atendido de inmediato. Así que nos sacaron tres espumosas tazas de leche recién ordeñada, la cual disfrutamos mientras conversábamos con las nietas de la señora, a la par que tímidamente posaban para la foto de rigor. Que coincidencia, porque un kilómetro atrás les había comentado a Luisfer y Juanfer que muy raro tanto andar por el campo y solamente haber tomado postrera una sola vez, hecho ocurrido en la caminata por Guatapé; así que desde ese momento nos enmochilamos otra degustación de postrera. Hay que agregar que el Zuluaga sacó de su cajero manual un billete y se lo entregó a la abuela:”ahí tiene para una libra de arroz y un par de panela”. Juanfer, extremadamente generoso como es, cuestionó el monto del billete, por lo que Luisfer lo plantó: “vea hermano, con esa plata compramos 4 bolsas de leche, con eso le digo todo”

Hasta que llegó la hora de las empanadas, en el negocito que tiene montado una mona divina que mas parece una modelo, pero campesina hasta más no poder con ese dejo paisa que en estas regiones se acentúa más. Ricas las empanadas pasadas con esos ojos verdes y un ají que no dio un brinco con los boquidragones de Zuluaga y Echeverri, ayudados por un muchacho que no comulga si no hay ají. Desde ese sitio tenemos el Peñol a tiro de cauchera.

A media cuadra nos encontramos toda una familia seleccionando y empacando tomates de aliño, las cajas son de diez kilos y las venden por $10.000, pero quien se encarta con una caja: todo indica que esta caminata la vamos a tener que repetir pero en carro, para coger tierra de capote, comprar empanadas, repollos, moras de castilla, tomates de aliño, fríjol verde y mazorcas. Obviamente no se hizo esperar el comentario sobre lo injusto que es el mercadeo para el campesino, quien abona, siembra y recoge por no recibe el precio justo por sus cosechas, porque un kilo de tomate en Medellín esta por los lados de $2.500

Antes de tocar la puerta del Peñol, pasamos por una casa donde tenían el equipo de sonido a todo taco, y claro, puro reguetón, lo que nos motivo al comentario que hacemos en todas las caminatas, que en las casas campesinas sólo se oye vallenato y reguetón, contrario a aquellas épocas donde los bambucos, guabinas y pasillos arrullaban las montañas con sus notas. Como cambian las personas y con ellas las costumbres.

Ya metidos en las calles del Peñol, pasamos por un ladito sin hacer mucha bulla, rumbo al lugar donde se construye la réplica del viejo pueblo del Peñol, la cual se levanta a un kilómetro del casco urbano del actual. Este nuevo sitio turístico, está situado en una colina, desde la cual se divisa la represa, exactamente el punto donde está inundado el viejo Peñol.

Esta réplica, que más bien parece el pueblo de verdad, esta compuesta por la plaza, la iglesia, tres costados y el quiosco. Las edificaciones, todas de dos pisos, tendrán almacenes, venta de artesanías, mecatiaderos, restaurantes, etc. desde ya los invitamos para que lo conozcan.


Lástima que el único león que cuida las obras fue ahorcado por Juanfer en una demostración de su fuerza captada por la lente mágica del Zuluaga.

De regreso al nuevo Peñol, pasamos por la feria de ganados, en donde pudimos observar como a la represa le caen dos quebradas en el mismo sitio, una de aguas extremadamente contaminadas, que apestan por su color y olor , y otra por fortuna de aguas cristalinas, pero que no alcanza a minimizar los estragos que causa la primera a la represa, la cual creíamos libre de toda contaminación. Desde ese lugar hasta el pueblo Juanfer entrevisto a varias personas para preguntarles por el nombre de la hedionda quebrada pero, como siempre, ninguno lo sabía.

Al llegar al pueblo, y para completar la pestilencia, fuimos recibidos por los insoportables olores de algunos abonos (gallinaza) que son distribuidos por los almacenes agropecuarios, contaminación olorosa que no se compadece con los turistas y las personas que viven cerca de dichos negocios.

Dando pasos de gigante llegamos al “Guayaquil” del Peñol, justo en el preciso momento en que se largó tremendo aguacero, o sea que se cumplió lo que les dije a mis compañeros que insistían en la mojada que nos íbamos a pegar, porque el cielo andaba encapotado y se presentía la lluvia: “tranquilos que la Milagrosa espera a que lleguemos a puerto seguro”. A las 2 de la tarde nos sentamos en el segundo piso del hotel y Restaurante Casablanca, atendidos por una de sus atractivas dueñas, quien en par minutos despachó las tres sopas de legumbres y el seco para Juanfer. La sobremesa fue claro acompañado del temblor de tierra que sacudió a medio país, con epicentro en el departamento del Meta.

A las 3 de la tarde cogimos la buseta que en hora y piquito nos puso en la terminal de transportes. Allí cambiamos de transporte por nuestro metro decorado en esta oportunidad por buen número de camisetas del Deportivo Independiente Medellín de hinchas que iban a ver en el Atanasio el partido contra el Deportivo Cali. Faltando dos cuadras para llegar a mi casa arreció el aguacero por lo que siempre me empapé.

Así es la vida, en 5 horas de caminata no nos cayó una gota, y en dos cuadras quede empapado, o sea lo mismo que le pasó al Medellín, que en 5 partidos no había hecho un gol y esa noche en hora y media marco CINCO.

Hasta la próxima

Jorge Iván Londoño Maya

Caminata Santiago - Cisneros

Fecha: sábado 17 de mayo de 2008

Integrantes: Luis Fernando Zuluaga Zuluaga, Juan Fernando Echeverri Calle, Carlos Olaya Betancur, Jorge Iván Londoño Maya y José María Ruiz Palacio

Nombre: O “LOS SUFRIDOS CAMINANTES”

Salgo de Sabaneta a las 6.10 a.m. pensando en si me alcanzaría el tiempo para llegar a la estación Caribe del Metro a las 6.50 a.m.; abordo un integrado y a las 6.17 a.m. estoy en la plataforma de la estación Itagüí esperando el tren. A las 6.20 a.m. voy rumbo a mi destino, ya tranquilo y convencido de que 30 minutos son suficientes para llegar a la estación Caribe. Gentes presurosas mirando sus relojes, salen del vagón en cada estación y otros abordan como con la misma prisa; unos hacia sus labores y otros a sus propios destinos. Asumo, por las vestimentas de algunos, que llevamos el mismo rumbo.

Próxima estación; Caribe – dice por el altavoz el conductor - y apenas son la 6.43 a.m.. Desciendo sin afanes del tren y de nuevo, como tantas veces lo he hecho y lo haré, doy gracias a nuestro maravilloso medio de transporte por el servicio tan eficiente; 23 minutos es poco tiempo para recorrer más de medio Valle de Aburrá. Mientras pensaba en todo esto voy subiendo las escalas hacia el punto de encuentro que nunca se concretó, pero eso no es problema… Ya Zuluaga estaba con una sonrisa de oreja a oreja adornada con su pulida barba esperándome en la plataforma de tránsito, justo antes de los torniquetes.

Apretón de manos, palmaditas en la espalda y parabienes al tiempo que nos declaramos lobos solitarios en escena porque los otros T.T. no han llegado, pero aun no es la hora acordada. Cuando se cumple el tiempo y en vista de que no llegan, pensamos que a lo mejor estaban en otro sitio y aprovechando otra de las maravillas de la tecnología, así al viejito Juanfer no le gusten, llamé a Olaya a su celular y efectivamente estaban en otro lugar; dentro de un vagón del metro aun, porque él mismo se había retrasado. Al poco rato llegaron Londoño, Olaya y Juanfer y salimos de la estación hacia la Terminal de Transportes del Norte, unida a Caribe por un viaducto bien concurrido por cierto. Ya en la terminal buscamos tiquetes para el corregimiento Santiago del municipio de Santo Domingo y boca sur del túnel de “la Quiebra” de nuestro glorioso y nunca bien ponderado “Ferrocarril de Antioquia”, dejado acabar en mala hora por nuestra “distinguida clase política” en medio de las más miserable falta de imaginación y obedeciendo a abyectos y oscuros intereses de la clase dominante.

En la flota “Expreso Cisneros-Nus” el siguiente vehículo no saldría hasta las 8.15 a.m. y apenas eran las 7.10 a.m., por lo que optamos por buscar otra alternativa que inmediatamente fructificó en 5 pasajes hacia Santiago para las 7.15 a.m. en una buseta de “Coonorte”. Ahí se presentó un pequeño impasse porque la susodicha flota tiene dos oficinas al parecer haciendo lo mismo y mientras unos estábamos en una negociando el viaje, el LOBATO en la otra ya los estaba pagando. –Nos queda tiempo para un tinto- dice Zuluaga y ahí mismo en una burbuja de las tantas, sirvieron, entregaron y cobraron los cinco humeantes tintos y corra con ellos en la mano hacia la buseta que ya salía. No podía faltar la foto y entonces la pose de rigor y listo el poncherazo de Olaya que casi siempre queda en la foto, pero detrás de la cámara.

Nos extrañó la buseta semivacía, pero por el camino aparecían como por encanto los pasajeros y pronto se completó el cupo y hasta pasajeros de pie llevábamos. Es una lástima que a las busetas nuevas y con vidrios panorámicos, les forren justamente esos vidrios con una película supuestamente polarizada, lo que impide el disfrute del paisaje tan hermoso de nuestra tierra.

Bello, Copacabana, Girardota y pasando sobre el río Medellín, Hatillo, luego Barbosa donde se sube a la buseta una joven con un niño de unos 2 años, de la que saco conclusión de su edad por lo que durante el camino me cuenta. ¿Cómo estás, cómo te llamas? le pregunto al chico y la joven me contesta por él: Juan José. El chico sonríe y entonces entre palabra y palabra me cuenta ella que tiene otro hijo de 7 años y que lo tuvo a los 15, más 7 = 22, estudian ella y él chico de 7; Juan José está en guardería. Los sostiene a los tres la mamá de ella y viven en Cisneros, hacia donde se dirigen y están de trasteo por la tarde, porque el dueño de la casa en donde viven todos, le está sacando energía de contrabando para unas máquinas de cerrajería y le toca pagar a ella la cuenta que le costó el último mes $38.000, más los $150.000 del arriendo. En esas llegamos a Santiago y me despido de ellos diciéndoles que más tarde nos vemos en Cisneros.

Ha llovido con mayor o menor intensidad durante todo el viaje, pero aquí ya ha escampado bastante y una llovizna menuda nos acompaña durante el recorrido hacia el pobladito, por una calle que primero desciende hacia una quebrada de cauce rocoso y regulado por un desagüe de cuatro tubos sobre el que hay un puente; luego por una calle encascajada que alguna vez tuvo piso duro de cemento, se llega hasta una intersección que conduce al parque por un callejón empinado, pero sobre el lado derecho encuentra Zuluaga un puesto de buñuelos, empanadas y papas, por el que no puede pasar sin antojarse de un buñuelo de esos que parecen munición para escopetas de fisto; pequeñitos pero gustosos. Solidarios con la Solitaria con mozo y tres hijos de Zuluaga, lo acompañamos en el convite y la cara de felicidad de la dueña del puesto no tenía límites. Agotó la provisión de fritos de ese día, de cuenta de nosotros.

Subimos al parque por entre dos hileras de casitas colgadas a lado y lado de la calle encementada que lleva a un bonito parque recién reformado y al fondo, la capillita adornada como para una fiesta; que según dijeron los entendidos en la materia, era para la fiesta del perdón. La entrada estaba engalanada con guirnaldas colgadas del coro. Las bancas, repartidas a lado y lado de la única nave y adornado el altar con cortinajes pendientes del techo. Sobrio y bonito.

Llama la atención ya en el parque, una casa de 2 pisos haciendo esquina, bonita y recién pintada, pero como partida, o más bien como si hubiera sido parte de toda una construcción que hacía marco al parque frente a la iglesia. No hubo a quién preguntarle, porque 2 perros que nos recibieron cuando llegamos, ya no estaban.


Bajamos de nuevo la callecita empinada y ya abajo junto al puesto de comida, marchamos sobre la izquierda por otra calle que lleva hacia la boca del túnel. Alguien dijo desayuno y nos metimos a un restaurante amplio de una señora conocida de los T. T. que nos recibió amablemente confundiéndose las voces de los que llegábamos, con la de la dueña en medio de risas y reconocimientos de parte y parte. Carta ofrecida, carta aceptada sin reticencias y en menos tiempo del que gasto para peinar mis escasos crespos, teníamos una mesa llena de Calentao, huevos pericos con aliños, quesito, tajadas de maduro, aguacate, arepas con mantequilla, carne frita, ají y chocolate… ¿Se le antoja un pancito mijo?


Dado de baja y sin sobr
evivientes lo servido, nos enrumbamos a la boca sur del “Túnel de la Quiebra”, llamado así porque fue construido abajo del lomo de la cordillera occidental. Contar con precisión las infidencias e incidencias de la construcción de dicho túnel, nos remite a la biblioteca “Luis Ángel Arango”, documento que agrego a continuación:


EL FERROCARRIL DE ANTIOQUIA

Iniciado en 1875, buscaba comunicar a Medellín con el Puerto Fluvial de Puerto Berrío. El trazado general del ferrocarril había sido diseñado por el ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, quien había utilizado los cursos naturales de los ríos Nus y Porce, para evitar tener que realizar grandes trabajos de remoción de tierra; sin embargo y al llegar al sitio denominado "La Quiebra" sobre la Cordillera Occidental era necesario tomar una decisión que alteraría el curso normal del trazado férreo que había sido pensado para tener una inclinación máxima de un 3%, por cuanto y debido a la considerable altura un trazado con esa inclinación no podía superar la montaña. Cisneros

El ingeniero norteamericano Jones por su parte proponía un desarrollo compensado que permitía llegar a la cumbre con un trazado adicional de varios kilómetros y así mismo con un sacrificio en la capacidad de carga de la locomotora.
Por su parte, el estudiante de ingeniería Alejandro López, en 1898 en su trabajo de tesis El paso de la Quiebra en el Ferrocarril de Antioquia, luego de analizar las anteriores posibilidades, propone la construcción de un túnel de más de 3.500 metros, que no sólo incrementaba en más de un millón de pesos la construcción total de la línea sino que resultaba impensable para sus jurados de tesis quienes por poco evitan que pueda graduarse.

La tesis de López no sólo resulta visionaria por proponer una solución avanzada para su época desde el punto de vista técnico, sino que nace de la creencia que el hacer una importante inversión económica en esta obra a largo plazo se verá compensada con la reducción de los costos de operación y mantenimiento, que las anteriores propuestas no contemplaban.
En 1914 cuando
la primera locomotora llegó a Medellín, el ferrocarril estaba aún interrumpido entre las estaciones de Santiago y Cisneros que se comunicaban por una carretera de 27 kilómetros. En este momento se consideró la posibilidad de construir un túnel a través de la cuchilla que separa los cañones del Río Porce y el Río Nus. Aunque la obra tuvo muchos opositores a causa de los altos costos, siempre contó con el apoyo del General Pedro Nel Ospina Vásquez ahora Presidente de la República, quien apoyó desde la universidad como Rector de la Universidad de Antioquia la tesis de López y ahora se empeñó en su realización.

El 15 de marzo de 1926, el Gobierno de Antioquia dictó la ordenanza autorizando la co
nstrucción del túnel con la firma canadiense Frasser-Brace Ltda. En el contrato, la firma se comprometió a entregar el túnel en tres años, empleando personal principalmente antioqueño y a entregar la maquinaria utilizada a la Empresa del Ferrocarril de Antioquia, garantizando la calidad de las obras por seis años.

Inicialmente se extendió el ferrocarril hasta el punto denominado El Limón, que cobró importancia como terminal de la división Nus
Se construyeron edificios para el destacamento de guardia
s de Antioquia y para el telégrafo, de madera y teja de barro. Igualmente se edificaron otros para convertir a este sitio en un puerto seco para el ferrocarril.

En los terrenos aledaños se trazó una publicación que tenía la intención de ser higiénica y confortable, dotada de alcantarillas, agua potable y luz eléctrica, pe
ro el poblado nunca superó los diez edificios a pesar de la entusiasta acogida inicial.
La obra finalizó el 14 de julio de 1929, siendo inaugurado con el paso del primer tren de carga el 7 de agosto del mismo año.
Hubo dos catástrofes ajenas a problemas constructivos. La primera fue un derrumb
e por una filtración de agua que interrumpió el paso del ferrocarril por un mes. La segunda fue en 1972, cuando se incendió una locomotora a kilómetro y medio de la boca que ocasionó la muerte de cuatro personas. entonces propone un ferrocarril de cremallera basado en la tecnología suiza desarrollada por Riggenbach. Este sistema permite a una locomotora enfrentar inclinaciones superiores a 5.5%, sin embargo el utilizar estos sistemas reduce considerablemente la capacidad de transporte de carga de una locomotora e incrementa de manera importante los costos de mantenimiento de la línea férrea y del material rodante que por ella circula. y frente de trabajo para la construcción del túnel.

Los turistas abundan en Santiago. La mano del estado hace años que no pasa por estos lados y el abandono campea en forma de muros goteantes de limo, acequias llenas de basura y rostros de pobreza en los pocos habitantes que sobreviven de un espacio que día a día se desmorona y se difumina en el olvido…

El Metro de Medellín por convenio con la fundación “Ferrocarril de Antioquia” cambió una gran cantidad de durmientes de madera ya destrozados por el tiempo, por polines de concreto, iguales a los del sistema Metro, con lo que se recuperó en algo el daño de la carrilera del túnel

"El Túnel de la Quiebra”… ¿Quién con algo más de 30 años no estuvo en los charcos del Nus en Cisneros y de paso gritó, y se sintió atrapado por un imposible en medio de la oscuridad del tren al paso por el túnel?...¿Quién con la experiencia de haberlo pasado y ya en otra oportunidad, no abrazó y le robó un beso a su amor de ese día en medio del bullicio con el que los novatos en la experiencia, exorcizaban los demonios del miedo? ¿Quién con su alma de niño hoy no recuerda los fiambres envueltos en hoja, el olor del humo de la locomotora y el regreso a Medellín entre bultos, gallinas y bañistas con ropa mojada y los novios cuñaditos en un rincón del vagón más oscuro?... En fin, ¡Tantas querencias!

¡Cómo nos duele la inopia en los cerebros! Nos lo vendieron cuando algún astuto mercader quebró los precios de los fletes y nos convenció de la “inutilidad” de ese medio de transporte que por la época atravesaba dificultades por el invierno. Quedó el “Túnel de la Quiebra” como constancia y mudo testigo de los cojones que tenían nuestros dirigentes de esa época de la construcción, que se atrevían a desafiar los imposibles sin dejarse doblegar los espíritus.

Tomadas las fotos de rigor y después de que Juanfer “manejara” la “Marranita”; vehículo de madera de fabricación casera; dotado de rodillos adecuados al ancho de la trocha de la carrilera y al que se le adosa una motocicleta o motor; con bancas, techo y pinta de acuerdo a la iniciativa del propietario, en el que se transportan pasajeros, turistas y carga y presta servicio entre las estaciones “Santiago” y “Limón” del antiguo Ferrocarril de Antioquia” pasando por el túnel, que dicho sea de paso no tiene iluminación desde el incendio del 72. Este mismo sistema se usa en otros tramos del abandonado ferrocarril.

Iniciamos la travesía luego de escuchar a Juanfer y al Lobato narrando la historia del ingeniero Alejandro López ya contada en el documento anterior y con el colofón de que los restos de éste descansan al lado de la entrada sur, nos internamos en la lóbrega boca de la montaña. Caminar sobre durmientes de ferrocarril o polines como los conocemos por aquí, no es fácil y menos al oscuro.

Las linternas medio salvan la situación, porque la entraña de la montaña absorbe ahora la luz mortecina, como antes se tragó el humo de las locomotoras y tapizó el cielo de la bóveda con un hollín aceitoso. A medida que se avanza, la oscuridad es más impenetrable y el único rastro de luz va quedando atrás por largo rato; es la boca de acceso al túnel que se va empequeñeciendo hasta casi desaparecer. Cuando ya casi no se ve hacia atrás, nos encontramos con un aviso que reza - ”Mitad del túnel”- y a su lado un objeto pende de una cuerda que al iluminarlo con varias linternas parece una gallina de plástico colgada del pescuezo…Cualquier analogía con nuestros dirigentes es eso, mera analogía… Basura de toda índole campea en túnel al amparo de la oscuridad y filtraciones de la entraña de la montaña semejan lluvias intermitentes a medida que avanzamos. Se divisa la luz al final del túnel en la boca norte. Poco antes de la salida existe una excavación en la roca que según cuenta Juanfer, era el lugar destinado por los constructores canadienses para supervisar y hacer los pagos de nómina a los trabajadores que rompieron la entraña de la cordillera.

Ya en la boca norte del túnel, se abre un hermoso paisaje barroco, cargado de filigrana y abandono. Una construcción de 2 pisos a la usanza de la época del florecimiento del ferrocarril, perteneciente a EADE se alza sobre la derecha, sobre la izquierda hay una cancha de futbol y algunas casas campesinas; más adelante una casita prefabricada de dos pisos rompe la monotonía junto a las ruinas ya tapias desmoronadas de una casona.

De nuevo sobre la derecha, con la majestuosidad de una gloria en decadencia y enmarcada por la belleza de natura representada en la cascada o caída de agua en escalas que llaman “La Chorrera”; se yergue indultado por el tiempo que todo lo derrumba, el hotel de pasajeros “La Estación” de un estilo muy de la época, al parecer Rococó y construido en madera, como testigo de un tiempo mejor. Ahora es habitado por varias familias que a pesar del abandono lo mantiene vivo aunque maltrecho.

La Estación “El Limón” de los ferrocarriles se ve intacta aunque también habitada por gentes del lugar que también la mantiene viva. Dice Juanfer, que es conocedor de la región por los vínculos familiares con Cisneros, que tanto el hotel como la estación, están dentro del inventario de monumentos nacionales que van a ser restaurados por la fundación “Ferrocarril de Antioquia”. Hicimos votos para que algún día eso sea realidad.

Libadas las cervecitas de rigor por Olaya, Zuluaga y yo, ya que lobato y Juanfer son vírgenes, digo abstemios; reemprendimos la marcha y tomamos por un camino que lleva además de a Cisneros a la “La Chorrera”, caída de agua de la que ya hablé, que además es destino turístico y muy hermoso por cierto.

Pasado el río Nus, iniciamos un recorrido por un camino empedrado hasta llegar a un trapiche panelero enorme y antiquísimo, movido hidráulicamente por medio de una gran Noria, aunque Juanfer insistió en que era una Pelton. No le valieron ni suplicas ni ruegos y menos el concepto de uno del os campesinos del lugar que afirmaron que el artilugio hidráulico era un Noria de unos seis metros de diámetro y movida por un chorro de agua traído desde “La Chorrera” de manera artesanal por un canal inclinado.

Retomamos camino luego de la discusión y llegamos al nudo: Pasar el Nus se convirtió en un dilema para el Lobato que es valiente; ¡Pero valiente miedoso!; no fue capaz de saltar por el sendero de piedras y prefirió mojarse los zapatos. Llegamos de nuevo a la carrilera luego de pasar por el lado de nuevas casa, fincas muy bonitas, y seguimos camino entreverado; unas veces por la carretera y otras por carrilera hasta llegar a las goteras de Cisneros en donde de nuevo en el estadero de un amigo de los T. T., nos empujamos de a cervecita los de siempre, Olaya, Zuluaga y yo, los otros dos pasaron uno con “Mister té y Gatorade como buenos abstemios.

Arribamos por fin a Cisneros; ahí Juanfer nos sirvió de guía sobre todo a mí, dado que los otros ya habían estado con él por esos lados. Recorrimos, tomamos fotos y aun sin digerir el “Magro desayuno”, alguien pidió almuerzo. Eran las 2 p.m.. Como cada vez, buscamos a los amigos, por lo que caímos al “Hotel y Restaurante Lolita”, conocidos de Juanfer de vieja data y aunque la dueña no estaba, nos atendieron como a príncipes. Excelente atención y calidad en el servicio.

“No quiero contar por hombre, las cosas que ella me dijo” –Decía García Lorca- ni yo contar la tragantina de estos sujetos que al parecer no tienen un estómago como cristianos, sino 4 como los rumiantes. Del mismo modo que una vaca en su paz espiritual devora media manga, estos tíos dieron cuenta de bandejas con posta y ensalada, sopitas de legumbres, carnes fritas a caballo en una montaña de arroz, una soberana chochada de fríjoles que Zuluaga se empacó sin remordimiento y con el agravante de que le dijimos que ojo al efecto y responde que él estaba entre amigos… Los cuñó con una cerveza.

Igual que mozos de sirvienta en condominio estrato 9, salimos del restaurante antes de que Olaya se nos durmiera en siesta de aperitivo y seguimos el recorrido con nuestro guía. Gente simpática la Cisnereña; sobre todo las Cisnereñas, casi no logramos iniciar corte por la gran cantidad de opciones. Buscamos transporte para las 4 p.m. en ”Expreso Cisneros – Nus” y matamos el tiempo basculando mondongo y chupando cervecita hasta los 3.45 p.m. en que abordamos la buseta para Medellín.

Mientras esperábamos la hora, se fueron arremolinando algunas muchachas frente al “Hotel Yolima”, justo el pie de la taquilla de la flota, y empezaron las especulaciones de toda clase y laya; cuando ya arrancaba la buseta, todas ellas se montaron apresuradamente y ahí fue de frente: Se armó la recocha y metieron baza en el bochinche y entre risa y chascarrillo, supimos que eran estudiantes de Cátedra de Turismo dictada por el SENA dentro del programa de recuperación turística de la zona. Eran de Santiago y cosa que nos pareció maravillosa, nos invitaron a que las visitáramos en una próxima ocasión.

Ya sin con quién hacer bochinche, cada cual se dedicó a lo suyo y ya llegando a Copacabana Lobato y yo le pusimos tema al ayudante sobre la manera de llevar el viaje y nos contó lo siguiente: En la oficina venden algunos tiquetes, pocos ahora más bien por ser temporada baja. En el recorrido de Medellín a Cisneros y viceversa, el pasaje se completa con los viajeros de un lugar a otro en el trayecto que suben y bajan. Ambas situaciones generan un dinero que se distribuye así: lo de los tiquetes es para el dueño del carro; lo demás, que dependiendo de muchas circunstancias es variable lo mismo que lo de los tiquetes; debe alcanzar para pagar parqueadero, peajes, alistada, combustible, orden de salida y salarios del chofer y el ayudante. Hacen tres recorridos entre Cisneros y Medellín en el día. Las demás prestaciones de ley las asume el dueño del vehículo.- A veces no alcanza ni para los gastos del carro- Dice el ayudante – y nos toca acudir al “Paga diario”… En ésas llegamos a la estación “Niquia”. Tomamos el Metro rumbo a casita y hasta pronto…

José María Ruiz Palacio.

Caminata Damasco - La Pintada

Fecha: Sábado 3 de mayo de 2008

Integrantes: Juan Fernando Echeverri Calle, Carlos Olaya Betancur y José María Ruiz Palacio

Nombre: ¿Por qué no hay Juguito de Mandarina?

Día de la Santa Cruz y de mi primera experiencia con los Todo Terreno. Son las 6 a. m. mientras me despido de mi compañera y abordo un taxi rumbo a la terminal de transportes del sur, en donde me encontraré con esos devoradores de caminos para definir el lugar hacia donde iríamos para iniciar el recorrido de la caminata 141 para ellos y la primera para mí con ellos.

Las expectativas eran grandes, porque aunque no me llaman pata coja, tampoco he recorrido, ni visitado tantos lugares como ellos. Es una mañana fría y recién había escampado en todo el sur del Aburrá. El taxista, un señor mayorcito y con cara y tipo de campesino recién desempacado, al parecer no conocía la zona, porque me tocó guiarlo hasta la salida de Sabaneta.

A las 6.15 a. m. llegué a la terminal casi vacía, extraño por ser puente, pero luego caigo en cuenta que el dichoso puente se inició desde el Jueves 1 de Mayo, y mucha gente partió desde el Miércoles anterior. Típico de nosotros tan trabajadores.

Aproveché para aprovisionarme de agua antes de que llegaran los otros caminantes y también recorrí algunos pasillos de la enorme terminal. A eso de las 6.25 a.m. suena mi celular al tiempo que veo en un lugar diferente al acordado dos bastones de caminante y distinguí a Juanfer y a Olaya que hablaba por teléfono conmigo sin darse cuenta que me acercaba.

Luego de los saludos y la confirmación de que Zuluaga no nos acompañaría dado el estado delicado de la salud de su madre, buscamos un café con almojábana al tiempo que decidíamos hacia dónde saldríamos de caminata. Yo estaba disponible para cualquier lado lo mismo Olaya.

Juanfer, que desde varios días atrás insistía en tomar juguito de Mandarina en La Pintada, se salió con la suya y aceptamos el rumbo. Cuadramos caja, pagamos en la cafetería y luego compramos los tiquetes para viajar en una buseta de expreso Farallones que ya salía para allá.

Antes de las 7 a.m. ya estábamos sobre la autopista sur, rumbo a la entrada del corregimiento Damasco del municipio de Santa Bárbara en el sur del departamento. La buseta de Farallones, más parecía una diligencia de las del Oeste, dado lo destartalada y ruidosa, aunque afortunadamente, al parecer, bien mecánicamente, porque llegamos sin tropiezos al lugar indicado. Es de anotar que en Santa Bárbara al entregar los tiquetes, Juanfer reclamó a la señora que los recogía, un reembolso por perjuicios y ella muy amable nos dijo que cuando volviéramos a pasar de subida, se lo reclamáramos.

Ya en la entrada de Damasco, una carreterita que alguna vez estuvo pavimentada, nos llevó en medio de un paisaje exuberante de verdes en todos los matices hasta el “Pesebre de Antioquia” ; honor al nombre que hace y con creces este hermoso poblado de una larga calle principal con piso de cemento y más adelante empedrada, bordeada de casas de estilo español, la mayoría de una sola planta y antiquísimas también casi todas y bien cuidadas algunas y pintadas de vivos colores sus puertas, ventanas y portones.

Lo primero que uno se encuentra al arribar al pobladito, luego de la caminata por la carretera con algo de pendiente por la que únicamente nos encontramos con dos habitantes de edad avanzada que caminaban hacia la troncal y dos camperos; es el Centro de Bienestar del anciano “Ligia Builes de L y Jesús Villada C.” Sobre el lado izquierdo, y adornado con dos imágenes Marianas en bulto de color y advocación indefinible, testigos de mejores tiempos del lugar. Al fondo y en la puerta de una casa grande, medio derruida y en venta, varios gatos de diferentes tamaños y colores, asoleaban sus pulgas y retozaban entre ellos.

Admirando el portón de una casona y fotografiándolo, nos sorprendió una de sus habitantes, que luego de cordial saludo nos invitó a entrar y a tomar las fotos que quisiéramos; ante tanta amabilidad, aceptamos y ya dentro de la casa, casi un museo por la cantidad de antigüedades, nos sugirió que si pensábamos almorzar en el pueblo, ese día el menú de la casa era sopa mondongo y nos la recomendaba especialmente. Dimos las gracias y seguimos adelante por la calle del poblado y antes de la iglesia encontramos un aviso ofreciendo hamburguesas y panzarotis, por lo que decidimos probar suerte.

Tocamos la gran puerta anaranjada y una amable señora abrió preguntando que qué deseábamos, el mudito de Juanfer de inmediato rastrilló por desayuno, a lo que la doña dijo que aun no había nada listo, pero que si esperábamos, algo se podría hacer. Dicho y hecho, la señora nos invitó a pasar a otro museo en el que se conservan recuerdos familiares, fotografías antiguas, trastos viejos y otros envejecidos, muebles ídem, y entre pregunta y respuesta mientras preparaban unos panzerotis en la gran cocina que parecía de un hotelito o casa hotel que llaman, nos enteramos que era la casa de una gran familia oriunda del lugar, pero ahora residentes en el barrio ”Laureles” de Medellín, que conservaban la casa como patrimonio y la visitaban cada determinado tiempo para mantenerla viva, bien cuidada y aprovechándola como lugar de descanso familiar y mantenerse reunidos, ya que eran 11 hijos con sus respectivas cantidades de muchachitos, todos descendientes de un Raigosa del lugar.

La casa muy acogedora con una mini piscina incluida; la atención, la amabilidad y la conversadera de Juanfer, hicieron que nos retrasáramos bastante, pero andábamos bien de tiempo, al punto que abandonada la casa de los Raigosa, nos metimos a la tienda de una amiga de Olaya, una señora dueña obligada por la violencia que le arrebató al esposo y madre de la Corregidora del lugar, que en cháchara cordial nos entretuvo otro rato y proveyó de agua a Juanfer y a Olaya.

Terminada la parte social en Damasco, reemprendimos el camino hacia Cerro Amarillo por una calle empedrada hasta la salida de la parte urbana y bordeada de casas bien cuidadas y pintadas unas, medio caídas las otras y un gran pasacalle del partido de la “ U” al que Juanfer le hizo los respectivos honores y reverencias. Ya la parte sub-urbana del corregimiento es otra cosa; la miseria campea a sus anchas y los rostros desconfiados se adivinan por entre los cercados de guaduas abiertas y las rastrojeras de jardines cuasi-silvestres y florecidos. Uno que otro muchachito aparece por entre tendidos de ropas raídas con su sonrisa delgada, respondiendo al saludo de los caminantes con un “Regáleme un confite don”, al reconocer a Juanfer como el dador de veces anteriores. Lo paradójico del asunto es que a la par de casas paradas en la miseria, calles pantanosas y muchachitos pedigüeños, la música estridente de algún narco corrido o insulso vallenato saliendo de lujosos equipos de sonido, se mezclaba con el parloteo balbuceante de alguna actriz de telenovela asomada por las entreabiertas puertas de los ranchos, en televisores a full color de muchas pulgadas.

Terminada la repartición de monedas de Juanfer y Olaya, nos metimos por un caminito angosto, faldudo y pantanoso, alejándonos del ghetto suburbano. En este punto empezaron a hacerle la mala jugada los tenis a Olaya, que por no ser el calzado ideal para caminar por terreno en bajada y resbaloso, le estaban haciendo ver al diablo y su séquito. Por este tobogán de pantano, llegamos hasta un carreteable amplio y bien conservado.

Habíamos caminado unos metros, cuando delante de nosotros como mostrándonos el camino, apareció una mariposa de un color azul metálico y tornasolado de más o menos 10cms. de envergadura que nos acompaño durante un buen tramo del camino, hasta un barranco en el que encontramos una curiosa aglomeración rocosa, incluido un barro verde y unas piedras de cuarzo verdinegro. Seguimos y ya a la vista del Cerro Amarillo, entretenidos en una amenísima cháchara sobre lo humano y lo divino de la poesía, por poco y nos pasamos de la puerta metálica verde que se tenía como referencia de caminadas anteriores de los T.T. por el lugar. Retrocedimos hasta la puerta y de nuevo un tobogán de pantano, con la salvedad de que aquí se podía caminar por la manga esquivando los resbaladeros que pusieron a Olaya a caminar de lado por un buen trecho. Afortunadamente el Monópode o Unípode de Olaya le sirvió de tercer pie y punto de apoyo no sólo para la cámara. Rastros de pisadas de ganado te muestran que el lugar es transitado a menudo, pero ni una alma, y una sola guayaba nos encontramos a nuestro paso por los pastizales y guayabales circundantes, ni en una casa semi-derruida llamada “Travesías” por la que pasamos antes de llegar de nuevo a un carreateable abandonado desde quién sabe cuándo, porque estaba alto de maleza.

Camine y converse y Olaya sufra con sus tenis hasta llegar de nuevo a la troncal, no sin antes haber devorado unas pamplemuzas que nos encontramos en el camino, justo después de haber visto al único ser humano desde que salimos de las goteras de Damasco; sentado en una mesa en un cobertizo del que poco logramos ver además de algún tipo de maquinaria agrícola desarmada.

Ya sobre la troncal, apuramos el paso hasta llegar por los lados de los camping de Comfenalco y al frente en un estadero, mientras Juanfer se abrochó dos “Míster Té” y enamoraba a un par de sirenas del Cauca, Olaya y yo nos tomamos sendas cervezas. Las labores de conquista requirieron de un buen rato, pero ante la presencia de los sirenos de las sirenas, Juanfer dio por terminado el asunto amatorio e hicimos mutis por el foro rumbo al juguito de Mandarina, razón de ser de la caminata 141 de los T. T.

El río Cauca con su caudal crecido por la larga temporada de lluvias pasaba impetuoso y en la contemplación del espectáculo de las garzas blancas abarrotadas en un árbol de la orilla, a Olaya y Juanfer se les olvidó el otro propósito de la caminada, que era dizque el de tratar de arrojarme al cauce para bautizarme T. T., o por lo menos, darme con los palos en la tusta por igual razón. Claro que la promesa del juguito de Mandarina traía a Juanfer altico del suelo y ni modo de culparlo, si toda la semana había hablado del maravilloso juguito de Mandarina. Pasamos el puente al fin y llegamos a “Salpicolandia”, la tierra prometida en dónde Juanfer encontraría el elixir de la eterna juventud; el juguito de Mandarina…

El enorme restaurante localizado después del camping de la pintada sobre la izquierda de la carretera que sale hacia el departamento de Caldas; a esa hora estaba más o menos a la mitad de su capacidad. Los vendedores de piononos, mangos, aguacates, cocaítas y demás chucherías pululaban por doquier, lo mismo que los loquitos y los indigentes, o lo uno y lo otro en un solo espécimen. Parecía como si el Cauca estuviera infestado de pirañas, y brincaran a las calles del pueblo en busca de turistas e incautos caminantes.

Magnífica atención la de “Salpicolandia”; tan pronto nos sentamos y sin acabar de acomodarnos, un solícito joven puso las cartas de menú sobre la mesa junto “a sus órdenes señores” a lo que Juanfer sin mediar espacio arremetió sin misericordia – “¡Tres juguitos de Mandarina y no me diga que no hay!”

Con cara de “Me tragó la tierra” el chico compungido y asustado por la expresión de la cara de Juanfer, dijo que no había juguito de Mandarina y ahí fue Troya; Juanfer se regó como verdolaga en playa, simulando estar muy enojado y pidiendo la presencia inmediata del administrador o el dueño del lugar. Ya resignados a no tomar el tan ponderado juguito de Mandarina, nos resolvimos por dos de Guanábana y uno de Lulo, dos sancochos de Bagre y una bandeja de ídem, que devoramos refunfuñando Juanfer y tranquilos nosotros.

Terminada la comilona, deliciosa por cierto y mientras admirábamos a una comensal vecina al tiempo que criticábamos al consorte, se llegó hasta nosotros un sujeto de los que pululaban como moscas por el lugar pidiendo las sobras del banquete, a lo que Juanfer respondió ofreciéndole un almuerzo completo. Los meseros no alcanzaron a entender en primera instancia los deseos de Juanfer y quisieron echar del lugar al fulano; nos opusimos y reafirmamos el deseo de que se le entregara un almuerzo completo a nuestra cuenta. Con visible desagrado fue atendida nuestra solicitud y aun otro mesero con cara de capataz quiso sacar al mendigo del sitio y de nuevo lo impedimos, hasta que por fin le trajeron nuestro pedido. Entre tanto y entre nosotros, iniciamos una discusión sobre el asunto, llegando a la conclusión de que hiciera lo que quisiera el tipo con nuestro obsequio, nosotros lo pagamos con gusto y pare de contar.

Eran casi las 3 p.m. y consideramos que era buen tiempo para empezar a buscar el tiquete de regreso a la “Bella Villa” y abandonamos el restaurante entre una nube de vagos, limosneros, vendedores de frutas y desquiciados, que nos cayeron encima, gracias a la generosidad de Juanfer. Yo hice mutis por el foro mientras ellos dos se zafaron del asedio y nos metimos a la oficina de “Expreso Farallones” para comprar los tiquetes. Había un cupo disponible en el que ya salía, por lo que esperamos mientras disfrutábamos de las atenciones y la amabilidad de la dueña del lugar, en una salita de espera con vista a la piscina del hotelito y al “Cerro Amarillo”, por la base del cual pasamos hacía rato ya. Olaya racionalizó la espera durmiendo arrullado por nuestra cháchara sin acabadero y justo antes de las 4p.m. llegó la buseta en la que viajaríamos a Medellín. La abordamos y ocupamos las sillas de atrás y esperamos la partida en medio de un calor sofocante y deleitando la pupila con las viajeras a bordo. Dimos una vuelta recogiendo pasajeros y partimos de La Pintada un poco después de las 4 p.m... En el Camping de Confenalco se montaron otras dos chicas y ahora sí, derecho pa´Medellín.

Durante buena parte del recorrido Olaya siguió durmiendo y nosotros hablando y hablando al ritmo de algo de música digerible en el vehículo. Por los lados de Santa Bárbara la llovizna era incesante y la neblina era tan espesa, que al decir del pueblo, ”Daba tajada”. En el sitio, la controladora de tiquetes subió a verificar y de inmediato Juanfer reclamó el desembolso por lo destartalado del carro de por la mañana y la doña lo despachó con cajas destempladas. En Versalles aun llovía aunque todo marchaba sobre ruedas, hasta que ya por el “Alto de Minas”, el conductor se corronchizó y puso un disco de Vallenatos inmamables que me martirizaron hasta que me bajé del vehículo, justo a la entrada de Sabaneta. Lo demás, es reserva del sumario y hasta la próxima.

José María Ruiz Palacio